En el aeropuerto internacional Jorge Chávez no existe la madrugada. El movimiento es el mismo como cuando el reloj marca las ocho de la noche. Parece como si las agujas se detuvieran por más de diez horas, los aviones vienen y van y dejan atrás los rezos, las súplicas, los besos, los abrazos y todo aquello que le pertenece a ese lugar dueño de recuerdos y despedidas.

Texto: Lourdes Guzmán

Fotografía: Aldair Morales

Fotografía: Aldair Morales

Una pequeña capilla de blancas paredes se convirtió en la salvación perfecta de un presunto delincuente y de una simpática anciana de cabello rubio. Vuelos retrasados y cambios de salas de embarque se tornaron de estrés y dolor de cabeza. Una pasajera con manchas de sangre en su vestido exigía partir con urgencia. Y la llegada de un personaje de la farándula interrumpió inesperadamente a la caótica muchedumbre. En el aeropuerto internacional Jorge Chávez todo puede suceder.

Creyentes

Ambos oraban con mucha convicción, estaban hambrientos de esperanza y carentes de fe. En la parte de atrás, un hombre de polera negra miraba al vacío con algunos gramos de nostalgia en sus ojos, lucía preocupado. En la parte de adelante, justo en la primera silla del recinto, una señora con maleta en mano rezaba en voz alta con los ojos cerrados como si se aferrara a mantenerlos ajenos a la luz.

El lugar era una especie de templo chico, adornado con rosas de todos los colores y  tenía la imagen de Cristo crucificado y de la virgen María. Contaba aproximadamente con diez sillas, todas ordenadas y distribuidas exactamente en el centro. Está ubicado en el segundo piso de la zona de viajes internacionales. A simple vista da la impresión de ser una oficina más de agencia de viajes de la zona, no se deja apreciar. La armonía de su estilo aparentaba estar arreglada exclusivamente para una pronta misa, olía a limpio. Irónicamente al costado de esta curiosa capilla, se encontraba el Departamento de Antidrogas (dpto. 200) y el departamento del Defensor de la Legalidad (dpto. 201). El primero estaba repleto de cámaras y del personal que las supervisa; y en el segundo, se encontraba con una mujer mayor vestida formalmente, con una bandera del Ministerio Público a lado.

El supuesto detenido de polera negra se tomó media hora para fortalecer su fe, agachó la cabeza y se dirigió resignado al departamento 200. Diez minutos después, la rubia señora limpió sus lágrimas, se acercó a la foto del patrón de los migrantes, Juan Bautista Scalabrini, se persignó  y se marchó silenciosamente.

En apuros

Se sacó el short que tenía puesto y se cambió en frente de unas veinte mujeres. La sangre de su blusa blanca llamaba más la atención que su hilo dental rojo. Su rostro evidenciaba su angustia y entre cejas fruncidas repetía una y mil veces que le urgía irse de este país. De pronto, una aguda voz la llamaba por el parlante masivo del baño en el que se encontraba, empezó a desesperarse. Se puso apresurada sus marrones mocasines y corrió a la sala de embarque.

Un par de señores de seguridad la detuvo cuando pretendía mostrar su boleto de avión, la empezaron a interrogar. Trató de dar explicaciones. Le costaba hablar muy bien el español, pero hacía su mayor esfuerzo.

El color de su rostro empezaba a teñirse de azul y la gente empezaba a alborotarse, el caos se avecinaba.

Una supervisora de gruesos labios se acercó a ella, soltó un suave suspiro y la dejó ir tranquilamente.

Con una sonrisa gratificante, la presurosa mujer gritó a viva voz mientras caminaba rápido hacia su puerta de embarque: “Me acaban de salvar la vida”.

Entre cámaras

El patio de comidas es el encuentro ocasional de un sin número de peruanos y extranjeros. Desde asiáticos hasta holandeses. Todos con al menos una maleta al costado del asiento. Los que visten con saco y corbata no dejan de “teclear” en sus pequeños smartphones, la mayoría de ellos se sientan solos. Todos pendientes del reloj.

A escasos metros está una tienda de productos autóctonos del Perú que no deja de reproducir música cumbiambera del recordado Grupo 5, una orquesta famosa del 2011.

Al otro lado de la pared, está un pequeño puesto cafetero que reúne gente exclusivamente extranjera. El ambiente es sobrio y se pinta de serenidad, las personas conversan en voz baja como si trataran de contar un secreto bien guardado. Casi no se miran entre sí, las mesas son máximo de cuatro sillas y el silencio es casi el protagonista.

El reloj marcaba las 3:30 de la mañana y de la zona de vuelos nacionales, llegaba un joven alto con un buzo deportivo y una mochila verde en la mano derecha. Diez segundos después, inesperadamente tres cámaras y tres reporteros estaban enciman de él, le hacían muchas preguntas. Se trataba de un grupo de periodistas que pertenecen a programas de espectáculo de señal abierta, al parecer habían madrugado para obtener la primicia.

“El chico reality”, al quien intentaban entrevistar, evadió violentamente a las cámaras. Huyó fugazmente como si estuviera participando en una maratón de atletismo. La prensa se marchó resignada.

 

 

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