Texto: Ester Palomino

Dibujo: Franco Goñi

Dibujo: Franco Goñi

Roma. El negro día de 1973 en que secuestraron a Paul Getty III, los criminales pensaron que tendrían el dinero contante y sonante en sus manos. El joven de 16 años, de cabello rebelde, a juego con su personalidad, tenía una familia de lujo.

Cualquiera habría deseado tener como abuelo al fundador de la Getty Oil Company y con inversiones en más de doscientas empresas. El estadounidense John Paul Getty I era uno de los hombres más ricos del mundo en los años setentas.

Sin embargo, el joven recibió una noticia terrible en medio de su secuestro. Su abuelo millonario no quería pagar el rescate. “Tengo 14 nietos. Si entrego un centavo por alguno de ellos, pronto tendré 14 nietos secuestrados”, le espetó a su incrédulo hijo. Y al pobre Paul III, encerrado en quién sabe qué pocilga italiana, le costó literalmente una oreja probar que la avaricia de su abuelo era un asunto serio.

Getty, tan avaro como lo conocía la prensa, esperó cuatro meses desde que los secuestradores pidieron el monto del rescate – US$ 17 millones – para contestar. Luego de darse cuenta de que le entregarían a su nieto en pedacitos, se atrevió a negociar la cifra hasta rebajarla a solo US$ 2 millones. Una jugosa cifra que el abuelo entregó como préstamo a la familia. Ningún fajo de billetes saldría de su bolsillo sin los intereses respectivos.

Poco le importó al viejo Getty no tener perdón de Dios, o que le destinaran en teoría al cuarto círculo de los infiernos. Así como tampoco le importó a Pablo Escobar acumular una fortuna de dinero a costa de sembrar la muerte.

El colombiano responsable de al menos cinco mil muertes y del 80% del comercio mundial de cocaína en los ochentas tenía la casa y los bienes más codiciados de su país. Un zoológico privado con animales traídos desde África, millonarias colecciones de coches antiguos, y fiestas a todo lujo eran parte de la vida cotidiana del narcotraficante y su círculo.

Avaricia. El querer tenerlo todo. El hambre insaciable de dinero y también de poder. Porque el dinero no es suficiente si uno quiere sentirse dueño del mundo.

El narcotraficante más conocido de Latinoamérica era así. Quería poder y fama. Intensamente, Escobar buscó honores de héroe, aunque el resto del mundo lo recordara como un villano. Las portadas de los diarios dedicadas a su muerte muestran la dualidad que arrastraba como herencia. Unos decían “Se acabó la pesadilla”; otros, “Murió el padre de los pobres de Medellín”.

Escobar logró que los menos favorecidos lo vean como benefactor. ¿Cómo podrían llamarlo “avaro” si fue él quien les regaló casas amobladas cuando vivían hacinados en basureros? Pablo tenía la idea de convertirse en una especie de “Robin Hood” con la gente pobre de su ciudad, pero todos sabían de lo sanguinario que era con tal de conseguir sus propósitos.

Pero el respeto conseguido con sangre tiene consecuencias. Tanta ambición por controlarlo todo le generó enemigos: ‘Los Pepes’, una organización que nació de ex colaboradores suyos. La leyenda decía que si los proveedores de Escobar no cumplían las cuotas cada vez más altas que pedía, su próximo destino era el panteón. Por eso algunos señalan que ‘Los Pepes’ fueron hijos de la avaricia de Pablo, de sus ganas que querer más y más.

Esos enemigos estuvieron cerca de borrarlo del mundo. Detonaron dos coches bomba en tres residenciales donde vivían familiares del narcotraficante y, en un lapso de dos meses mataron a tres de sus abogados y a un arquitecto. Una guerra que se acabó cuando Escobar murió baleado por la Policía en el techo de su escondite, un 2 de diciembre de 1993. Escobar se fue en un cajón a la otra vida. Pero en esta se quedaron sus mansiones y el recuerdo de su avaricia.

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