En esta arteria, la magia china se difumina, se pierde como estrella fugaz en la amplia galaxia. Algunos creen que algún día ya no quedará ni polvo de lo que fue.

Texto: Juan Mandamiento

Fotografía: Juan Mandamiento

Fotografía: Juan Mandamiento

Alrededor de 100 mil personas al mes visitan la rojiza y opaca Calle Capón. El doble de la capacidad del Estadio Nacional. “Ya acá, eso del Barrio Chino ¡ya fue!”, dice Eduardo Corrales, pensionista limeño, quien ha vivido allí por más de 50 años. El comercio ha invadido cada centímetro de sus fronteras. Dudosos puestos de tarot, coloridas ventas de globos, exóticos souvenires hindúes, alquileres de disfraces mal diseñados, inciensos piratas, etcétera. Estos productos parecen no tener coherencia con la espiritualidad que brinda este callejón.

Marcos Silva, canillita avezado que trabaja hace más de 15 años por estos lugares, recuerda que había chifas de categorías espectaculares, sabores orientales que se perpetuaban en el paladar de cada comensal. Unos pasos más a la derecha un productor de papas y caiguas chinas, Aroom Muñoz, vende en la calle las sobras que no le compran sus clientes A1. Él comenta que el olor del pato cantonés se expandía a diez metros a la redonda, entre los triciclos de los ambulantes que preparaban intentos fallidos de estos platos asiáticos. “Chinco soles”, interrumpe un cliente.

“Hoy está en crisis”, expresa Luis Canales, guachimán diurno, mientras se acomoda el cinturón. Los ambulantes, políticos y actores llegaban aquí. Este era el epicentro del sabor. Hoy no hay nada de eso. Los restaurantes son cerrados por problemas de higiene. Ratas e ingredientes son amigos. Es más, la comida china ya no es china. Los peruanos de ayudantes aprendieron la cocina, para luego pasar a ser supervisados por los cantoneses. Los establecimientos más reconocidos migraron a Miraflores y San Isidro avergonzados de la reputación del lugar.

Resistencia

Al final de la avenida, entre Paruro y Capón, aparece un lugar que quiere resistir a toda esta desilusión: la Sociedad Central de Beneficencia China. “Este lugar alberga nuestro pasado”, alude Lian Macchu, tusán posmoderno, quien mientras exhala el humo de su cigarrillo, reflexiona y nos cuenta que aquí hacen actividades como el Día de la Madre, del padre, día de la inmigración y el año chino. Lo único que alguna vez le dio vida a este lugar se pierde con la muerte de sus ancestros. “Los chinitos cantoneses se aferran más a mantener su cultura”, dice Lucía Gálvez, quien se sienta en el mostrador a conversar y recuerda que llegó a la institución hace más 15 años por el diario del Comercio Peruano. “A nosotros nos dan el periódico para vender, a la colonia nada más, las noticias son peruanas traducidas al mandarín”.

Diez pasos más al noreste, en una galería poco amigable, reposa Tao Chang, asiático longevo, quien espera a sus clientes en el cuarto piso. “Yo les abro las puertas al kung-fu”, exclama mientras sonríe y señala su letrina de DVD con la imagen de Bruce Lee. Explica que muchos curiosos llegan a él buscando amuletos, dagas y cosas míticas de samurái.

Otros descienden por las escaleras a un semisótano, donde Martha Liu, vendedora neta, ofrece min pao a sus hambrientos clientes de paso. “Mientras esté hecho con amor, nada se pielde”, alcanza a decir entre tanto que atender.

Fotografía: Juan Mandamiento

Fotografía: Juan Mandamiento

Unos llegan, otros se van

“Nos desalojan siempre, pero tenemos que comer”, confiesa Antonio Vilca, ambulante. Mientras ofrece linternas, observa que las cosas han cambiado desde que los chinos ya no viven por el pasaje. Según recuerda, antes ellos fumaban en la vía pero hasta eso les prohibieron por el bien de los comercios. La situación llegó hasta un límite en el que los orientales tuvieron que irse. Rocío Lu, vendedora de suerte, asegura que alquilar sus casas como locales comerciales les sale más a cuenta que quedarse a vivir allí.

El murmullo de las personas se difumina, la calle Capón se queda sola y asquerosa. Camiones sucios llegan al lugar, personajes de un uniforme verde fosforescente bajan con sus instrumentos de pelea: las escobas. “Toca limpiar pues”, dice Aurora Carrera, quien informa que los que dejan el lugar así, con montañas de basura, son los establecimientos. “No tienen ni el mínimo respeto por nosotros”. En el fondo suena una cumbia extravagante. Mientras las galerías cierran una a una, el día de labor recién empieza para estos personajes nocturnos.

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