Lima tiene un caldero móvil. Se traslada del primer al noveno círculo del infierno de Dante, del sur al norte de la cuidad. Lugar donde las puertas del Hades tendrán similitud con las de este insufrible medio de transporte.

Texto: Gianmarco Failoc

Fotografía: Katia Anali Reyna

Fotografía: Katia Anali Reyna

Son las ocho de la mañana y Lima ya ha sido atacada por el sol que no tiene piedad de nadie. La necesidad de transporte rápido y seguro hace que la gente pase por alto la comodidad. Es aquí donde empieza el viaje al mismísimo infierno. Una tortura que ni la persona más vil del planeta merece. Una tortura llamada Metropolitano.

Estación Matellini en Chorrillos. Nada que envidiar a ciudades como El Cairo en Egipto o Nueva Delhi en India, solo si se compara en grados centígrados. El calor golpea a diestra y siniestra. Las filas para el ingreso son la antesala a lo que será infernal viaje al destino de cada usuario. Tres pitidos de alarma para abrir la puerta hidráulica del bus. Guerra de empujones para tomar los asientos y se cierra la puerta. Comienza el viaje.

Avanza el bus junto con las desesperadas ganas de llegar al destino. Silencio sepulcral. La temperatura va elevándose más cuando la gente sigue entrando y el bus se va llenando sin compasión. De cerca, muy de cerca, Alejandro, un señor mayor de tez morena y bigote con canas, tiene la camisa abierta hasta el ombligo. Si se observa detenidamente, unas cuantas gotas de sudor recorren su para nada escultural cuerpo. El vello del pecho de Alejandro, reluciente por el sol, está siendo refrescado por El Trome que tiene en la mano derecha. Hay un hedor tan fuerte que hasta se puede saborear. Efectivamente, Alejandro se ha sujetado del pasamanos de arriba con la mano izquierda.

El bus sigue su recorrido pasando por Barranco. La Estación Boulevard no tiene techo. Aquí entra Roberto de cabello rapado y con un traje militar. “La mezcla de poliéster y algodón es fatal. Prefiero mil veces un traje de ‘Winnie Pooh’ o de ‘Mickey Mouse’, al menos allí me puedo rascar el trasero”, comenta el sudoroso milito.

Pasan los minutos. Todo sigue en silencio. La sauna con ruedas ahora recorre las estaciones de Vía Expresa. El radiante sol que entra por la ventana deja de ser atractivo cuando se viaja al lado de esta. “Lima soportará hoy la temperatura más alta en lo que va del año, según Senamhi” se logra escuchar por los audífonos de una señora que sintoniza la radio desde su celular.

La temperatura sigue en aumento al trascurrir las estaciones. Los fluidos corporales ahora resaltan en las húmedas axilas de las camisas de los trabajadores que bajan en la estación  Canaval y Moreira. Cada vez es más insoportable. La gente sigue entrando y empujando todo lo que hay a su paso. Es imposible no rozar a alguien. Una escena nada romántica de dos señores frente a frente, pegados en la puerta del bus. Aquí se viaja tan pegado a la gente que se puede escuchar incluso cómo respiran.

A unos cuantos metros de la puerta, se puede sentir un pedazo de gloria plasmado en un ventilador colgando del techo. Mala suerte, es solo para el chofer. A este privilegiado señor lo único que le preocupa es que el bus quede lo más pegado a la puerta de entrada, nada más. Mientras que detrás de él, la gente se queja y clama en silencio lo más sublime que puede existir en ese instante: el aire acondicionado.

“Seguramente un heladero ambulante o un vendedor de gaseosas heladas haría su agosto aquí” comenta Guadalupe acompañada de su nieta. Lo único que le queda es tomar su sombrero de paja para darle viento a su pequeña. Gorros, abanicos, documentos, sobres manilas, fólderes. Todo vale con tal de apaciguar el calor que golpea sin tregua.

Poco a poco este hervidor movible se acerca al Centro de Lima, una aproximación cercana al inframundo. La desesperación de salir de una vez es casi incontrolable. Se escucha el altavoz anunciando la llegada a la Estación Central. La gloria hecha realidad al salir de ese inhóspito medio de transporte.

La decepción es más grande aún si es que se cree que allí termina todo. Esta catacumba habitada por miles de limeños al día es el castigo máximo y sin piedad de la naturaleza. Aquí no existe ventilación alguna, hay falta de oxígeno. Este sitio es el lugar donde solo los valientes y también desdichados limeños tienen que atravesar para llegar a sus destinos. “El aire acondicionado solo está prendido en hora punta”, comenta un trabajador del lugar. Pero cuando está prendido se vuelve el paraíso, todo cambia. Cuando está encendido, se puede sentir el cielo, estando en el infierno.

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