Texto: Luis Pequeño

Fuente: Revista Cultural

Fuente: Revista Cultural

Escoger las palabras para decir quién era Blanca Varela, aquella poeta peruana de la Generación del 50, es algo difícil de hacer. Unos, como Octavio Paz, su descubridor, dirían que ella era un ser sublime. Otros, como Jean Paul Sartre, el pensador, la describirían como una persona profunda. Y algunos más, como Fernando de Szyszlo, el hombre que alguna vez amó, la piensan como una mujer valiente y hablan de ella como si aún siguiera entre los vivos.

Entre tantos halagos, tantas descripciones, hay una que es inherente a ella: el ser femenino. La mujer hecha poesía, mezclándose entre ella, que se cuela entre los versos para decir “hay belleza en lo tierno, en la fantasía”, evadiendo a la realidad, escapando de ella, negándose a aceptarla, aunque se intente lo contrario, ser ciego ante el acoso de esta.

Pero el ser femenino del que se habla fue, en propias palabras de Varela, “construyéndose de a pocos”, ella hablaba de como a lo largo de su vida fue construyendo su poesía, a la vez que iba desarrollando y aceptando de a pocos su feminidad, su naturaleza como mujer, hasta llegar a un punto culminante en que esa manera de ser, esa esencia inherente termina por madurar, por hacerse uno con la poetisa en el momento que ella deja de ser solo una mujer y se convierte en una madre.

¿Cómo nace la poeta?

Blanca Varela escribía que “la poesía es un vicio que se adquiere con la infancia, del que algunos se curan con los años, y otros, se quedan enredados para siempre en sus buenas o malas artes”. Y en ella fue el juego que se convirtió en vicio lo que la llevó a la poesía, en su niñez, cuando encontró a través de la música que sale de las palabras el escape a aquello que no le gustaba, lo que le rodeaba, la realidad.

Esos momentos la definieron como un ser introspectivo, que creaba mundos a través de la palabra, buscando significados al sonido indescriptible de aquellas cosas que escuchaba, reclamando para sí más misterios con que enriquecerse, confundirse ella misma a través de voces extrañas salidas de su propia garganta, indagando a través de esos objetos comunes que ante sus ojos eran irreconocible, quizá mágicos.

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