Hace 125 años, una pequeña ciudad en la sierra de La Libertad vio nacer a un escritor que hablaría de masas, de heraldos y de humanidad.

Texto: Giovanna Parra Lamaure

Fuente: http://poetasdelfindelmundo.com

Al hablar de Vallejo no se puede ignorar uno de los capítulos más importantes de su historia, la última página del libro que fue su vida: su larga travesía por Europa. Una región que lo acogió desde sus tiempos difíciles y que se quedó con su último aliento.

¿Cómo llegó a cruzar el Atlántico? Fue una decisión audaz. Reynaldo Naranjo, investigador del poeta vanguardista, cuenta en su libro que si no hubiese sido por la amistad de Vallejo con el sobrino del escritor trujillano Antenor Orrego, el escritor de Trilce no habría podido abordar el barco: Julio Gálvez Orrego cambió su boleto de primera clase por dos en tercera para que ambos pudiesen partir al viejo continente.

Penas y glorias

“Yo nací un día

que Dios estuvo enfermo.

 

Todos saben que vivo,

que soy malo; y no saben

del diciembre de ese enero.

Pues yo nací un día

que Dios estuvo enfermo”

– Espergesia

La bitácora de su tiempo en Europa comienza en París, Francia, en 1923. No fue fácil establecerse. Una larga temporada tuvo que luchar con el idioma por mencionar una de tantas dificultades. En esos años, además, tuvo que sobrellevar la muerte de su padre. Luego le sobrevino una hemorragia intestinal, por la que tuvo que ser operado.

Sin embargo, la otra cara de la moneda fueron valiosos encuentros con notables escritores. París le juntó con Pablo Neruda, Vicente Huidobro y muchos más.

Jorge Semprún hablaba de su amigo César Vallejo como “el más grande poeta latinoamericano del siglo XX”. Vallejo es un poeta de vanguardia, una suerte de Vladimir Maiakovski andino, un revolucionario, un gran innovador del lenguaje literario. Él era un alma ávida de infinito, sediento de la verdad. Lo que lo empujaba tanto hacia una fe profunda en la religión como en el comunismo.

Para caminar con paso firme hacia un mejor futuro, colaboró con organizaciones, periódicos y revistas de la zona. Por mencionar algunos: “Los Grandes Periódicos Iberoamericanos” o “Les Grands Journaux Ibero Américains”.

Amor y poesía

“Vengo a verte pasar todos los días,

vaporcito encantado siempre lejos…

Tus ojos son dos rubios capitanes;

tu labio es un brevísimo pañuelo

rojo que ondea ¡en un adiós de sangre!”

– Bordas de hielo

El romance no le fue esquivo pues conoció dos mujeres claves en su vida. Con una de ellas, en 1926, Henriette Maisse, no solo compartiría una relación sentimental sino también el manejo de una revista de vida efímera, a la que llamaron “Favorables París Poema”.

Durante los años siguientes, empieza a desplazarse por diferentes lugares. Va a Rusia, regresa a Francia; se dirige a España, volvía a Francia. Su conexión con la nación tricolor era fuerte. Siempre regresaba.

La historia con Henriette terminó pronto. Y en 1929 encuentra nueva compañera: una muchacha de 20 años llamada Georgette Marie Philippart Travers. Luego de la muerte de su madre, empieza a convivir con ella  y se casan en 1934.

Georgette sería la guardiana de los versos de Vallejo luego de la muerte del escritor. Su esfuerzo permitió que el mundo pudiera leer “Poemas humanos” y “España, aparta de mí este cáliz”.

La despedida

“Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París —y no me corro—

tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.”

– Piedra negra sobre piedra blanca

La figura de César Vallejo creció en Europa. Durante esos años, colaboró con El Comercio, y con las revistas Variedades y Mundial. Publicó una serie de poemas, otros escritos como “Contra el secreto profesional” y “Hacia el reino de los Sciris”. Se añadiría un libro de crónicas como “Rusia ante el segundo plan quinquenal” y su cuento “Paco Yunque”, una de sus obras más memorables.

Por 1938, nuevamente en París, trabaja como profesor de Lengua y Literatura. Sin embargo, una enfermedad de la infancia regresaría a atormentarlo: el paludismo. Luego de severas crisis, su desenlace fatal llegaría el 15 de abril.

La historia de César Vallejo se cerraría en ese continente lejano. Una tierra que lo abrazaría hasta la muerte en el cementerio Montparnasse donde descansa hasta la actualidad.

 

Abrir la barra de herramientas