Se dice que el tráfico es un buen tema para romper el hielo. Pues sí: las colas, las horas perdidas y el consabido comentario: “¿Y el alcalde qué hace? Pero hay algo que todos olvidan: ¿Qué hay de los choferes? ¿Se cansan los cobradores? ¿Y los inspectores? Una de las cosas que tienen en común: Todos aman la radio.

Texto: Lissa Donayre

Fotografía: Fabián Fernández

Fotografía: Fabián Fernández

En un primer momento, el Corredor Javier Prado 209 era el único que llegaba a Ate. En la avenida Marco Puente Llanos, en un callejón desolado, lleno de tierra, hogar de perros sin dueño y antiguo depósito para las custers de “La 22”, estuvo su primer paradero. Para llegar, los choferes debían tomar una moto desde la Carretera Central (paradero Tagore) por un sol y ensuciar sus zapatos recién lustrados. Sin embargo, desde abril del 2015, cuando apareció la 201, quien toma la moto es el usuario y el primer paradero es Ceres Medio.

El servicio inicia a las 5 a.m. y termina a las 11 p.m., tiempo suficiente para pasar por los 25 paraderos repartidos entre Ate y el Callao. Para llegar a tiempo, Gabriel, a quien su esposa abandonó hace dos años y que tiene la ventaja de vivir cerca, inicia su día a las 4 a.m. con “Despierta Perú” en RPP. Estira el tiempo para ducharse, dejar listo el desayuno de sus pequeños hijos, llegar a la base en menos de lo que duran tres canciones, firmar asistencia, recoger su llave, revisar su bus y salir al paradero para iniciar su labor diaria.

Mientras escucha “La rotativa del aire”, encuentra en su primera parada no una, sino dos largas colas, cual Teleticket los días posteriores al anuncio del concierto del cantante del momento. Una vez que se ocupan los 60 u 80 asientos, se da el pase a  la fila de “los parados”.

Gabriel pasa tanto tiempo fuera de casa que ayer, cuando su hija lo llamó justo cuando arrancaba su tercera vuelta del día (en total son siete), para que la ayude con su tarea, él decidió hacer un experimento: “Juégate un par de monopolios y me llamas”. Cuando ella lo hizo, él estaba a la mitad de su recorrido.

“Estos se la llevan fácil todo el día sentados”, ” Manejan lento a propósito o les gustan los semáforos en rojo”, “Encima que el bus está lleno siguen metiendo gente” son los comentarios más escuchados en el bus pues las 224 unidades del corredor no son suficientes para las 669 380 usuarios que lo abordan mensualmente. “Deben quejarse abajo, los que suben a la gente son los inspectores. En Manchay hicieron su huelga y les hicieron caso; se tienen que quejar ustedes pues, a nosotros nadie nos hace caso”, se excusa el conductor.

Antonio no tiene la misma suerte, él vive en Cieneguilla. Bueno, vivía. Hace año y medio se mudó a la casa de su hermana en Santa Anita para evitar el trayecto que dura más que “La tumba de las luciérnagas”. Hace una década fue chofer del “Chosicano”. Renunció cuando su mamá se hizo un chequeo y  descubrió que tenía hipertensión. Se dedicó a cuidarla y ahora Doña Rosa está perfecta, hasta practica Thai Chi. “Es verdad” dice “ni caso nos hacen”. Sus superiores hacen  pocas rondas en su sección y nunca les han pedido sugerencias para mejorar el servicio pese a ser expertos en el tema.

Hace ocho meses se inauguró una vía exclusiva para los corredores en la avenida La Molina. Antes, llegar de ahí hasta el Jockey Plaza, tomaba mitad de un partido de futbol. Hoy eso se evita al pasar por el carril contrario.

Idea millonaria. Entre ellos se dicen que salió cuando uno de los ayudantes de Protransportes vistitó la base, que un grupo de choferes le invitó una cerveza y en una salita de paredes verdes, donde por alguna razón nunca faltan plátanos, lo convirtieron en un ‘pata’ más. Muchas más cervezas faltan por invitar.

Fotografía: Fabián Fernández

Fotografía: Fabián Fernández

“PAGUE CON SENCILLO”

Claudia tiene la voz ronca, igual que sus compañeros, gracias a las peleas con los pasajeros.

Entre ellos no la llaman “Clau” ni “Claudita”, sino “Udita”, pues en una suerte de teléfono malogrado todos entendieron que su nombre era “Udia”. Vive a cuatro carros de su trabajo en la Avenida Aviación. Implementos obligatorios: chaleco plomo, identificación, cartera de monedas, gorro, libro de crucigramas, que resuelve a razón de 50 por día en las horas menos activas, y audífonos. Ya se acostumbró a estar parada en la calle el mismo tiempo que su hijo pasa en el colegio (con todo y asesoría).

Lo más pesado es que Aviación es donde más gente baja y por ende, más gente sube. Nadie la saluda, ni siquiera la miran, solo estiran un poco el brazo y lo mueven frenéticamente para recibir el vuelto. Con “Café Oxígeno” (5 p.m.) y “Rock y Love” (8 p.m.) llegan las horas más densas del tráfico. Tiempo de correr. A esas horas la fila es tan larga que parece que estuvieran regalando televisores o realizando chequeo médico gratuito, pero por más que esperas y fisgoneas de un lado a otro, no ves algún señor con bata, ni mucho menos llega tu carro.

Ruth, estudiante de diseño gráfico, solo tiene dos brazos. Debería tener más, así se ahorraría las 40 peleas que tiene al día. Todos quieren pagar a la velocidad de la luz y subir al bus en las posiciones más raras. Recuerda que antes de ser su himno, odiaba la frase célebre de los cobradores: “pague con sencillo”. En el tráfico, esos cinco minutos que toma dar el vuelto de un billete de 20 o 50 soles, te hace llegar media hora después a tu destino. Y a ella le suman unos 20 “apúrese”, “tome, tome”, “cómo se demora”, etcétera.

“BOLETOS A LA MANO”

Las redes sociales también ayudan en este trabajo. Sergio, inspector desde hace nueve meses, no sale de casa sin su celular, pues su whatsapp es su herramienta más usada. José, de 19 años, manda el mensaje: “Aquí en Sucre acabo de dejar a subir a 3 por atrás. Uno de camisa azul, el otro de barba y una señora con cartera verde”. En el siguiente paradero -Bartolomé Herrera- está Sergio. “A ver, señores, pasaje” dice “El pasaje de las tres personas que han subido”. Recibe el pasaje y corre a la puerta delantera para dárselo al chofer.

Él está en uno de los grupos de whatsapp de los inspectores, creados de acuerdo a sus horarios de trabajo. Ellos solían escuchar “Galdós en Studio 92” (6 am – 10 am) y ahora escuchan “WakeApp”. “Si no dejamos subir por atrás, la cola no avanza nunca” afirma, dejando entrever la insuficiente cantidad de buses con la que cuenta la línea en la que trabaja.

Los pasajeros que esperan con la vista perdida por estar escuchando alguna canción no son los únicos estresados: inspectores y choferes se unen al suspiro resignado por el problemático transporte público.

Fotografía: Fabián Fernández

Fotografía: Fabián Fernández

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