Texto: Kimberly Padilla

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De los tres frailes que saltan todos los días en La Herradura, Fernando Jesús Canchari Vásquez es el mejor. Las personas que se reúnen en la antigua playa del distrito de Chorrillos son jueces fiables y concuerdan en que su estilo no tiene punto de comparación al de sus compañeros. Sus 27 años en este oficio lo respaldan y su excéntrico gusto por la sensación de vacío en el estómago al saltar, lo convierte en todo un desafío para quien intente superarlo.

Apenas ha pasado media hora del almuerzo y El Fraile ya camina descalzo por el peñasco del cual en unos minutos se lanzará al mar. Los curiosos van llegando al lugar, tratando de ubicarse en una zona segura pero con visibilidad para ver el impacto de la caída. Antes de realizar su hazaña, aprovechan para sacarse algunas fotografías con él y darles sus bendiciones.-”Yo de profesión soy El Fraile”, dice con orgullo.

Le encanta ser el centro de atención. Su rostro se llena de orgullo cada vez que alguien le pide que realice un salto con dedicatoria, él lo realiza encantado.

Mientras se dirige al final del acantilado, camina como si estuviera yendo a comprar el pan en la esquina de su casa, no hay duda en su andar ni miedo reflejado en su cuerpo. Con sus 46 años encima y una familia que alimentar, no vale darse vuelta atrás frente a todo el público que ha venido exclusivamente a verlo.

A partir de los 14 años comenzó a saltar por puro gusto. En esa época se practicaba paracaidismo al frente de donde ahora es el escenario de Fernando. Desde entonces, su  anhelo fue ser paracaidista. Entró al Ejército a los 17 años y fue ahí donde por primera vez saltó de un helicóptero. Luego de tres años sirviendo al país, su técnica para saltar había mejorado. Pasó de ser algo improvisado a convertirse en una serie de movimientos coordinados y elegantes que le permitieron salvarse el pellejo.

A pesar de esto, para Fernando cada salto es algo nuevo. Para caer bien debe tener en cuenta las piedras que están al fondo del mar. Una vez estuvo internado en el hospital Casimiro Ulloa por una semana debido a un fuerte golpe que lo dejó sin poder alzar completamente el brazo derecho por seis meses. Sin embargo, al octavo día estaba de vuelta en el trabajo listo para seguir saltando.

Es exactamente la 1 de la tarde y El Fraile saluda a las personas que lo ven desde el malecón construido por la Municipalidad chorrillana, con bancos de madera y faros que alumbran desde el atardecer. Sonríe a todos como si los conociera de años, luego se despide de ellos y camina hacia la punta de la roca de la cual saltará. Coge la soga que le servirá de guía al salir del agua y deja caer su cuerpo al vacío.

Fernando se lanza como encomendando su vida al mar. Con los brazos estirados de par en par, el cuerpo erguido y los ojos bien abiertos. Su salto da paz, se asemeja al vuelo de una golondrina. Cuando se encuentra a pocos metros del agua, cierra los brazos como si aplaudiera y se sumerge. En cuestión de segundos sale a la superficie y trepa el accidentado peñasco sin ningún problema.

Al igual que la leyenda de El Fraile, quien se lanzó del precipicio por su amada, Fernando salta por los tres amores de su vida: su esposa y sus dos hijas.

Alguna vez trabajó de chofer en el Ministerio de la Mujer y de guachimán pero nada le apasiona más que saltar. -”El día que ya no pueda saltar, voy a sentir una profunda pena”, dice Fernando, preocupado.

El Fraile realiza este espectáculo cada media hora pero cuando le hacen pedidos llega a saltar hasta tres veces seguidas. Su físico ya no es el mismo de hace cinco años, donde llegaba a saltar el doble.

Luego de cada salto, se cambia el traje de monje por uno seco y recorre todo el lugar con una pequeña canasta en la mano para recibir algunas monedas de su público. Así se gana la vida, el pan de cada día para su familia.

Son las 5 de la tarde y El Fraile ya no va a saltar más. En épocas de verano, Fernando espera el ocaso para marcharse. Guarda sus seis trajes en su mochila y saluda al nuevo fraile que será su relevo. Regresa a casa para descansar y prepararse  para un nuevo día.

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