Un corte temporal del líquido vital alarmó a la ciudad más poblada del país. ¿Incomodidad? Lima, la desértica, palpó por unos días el drama de diez millones de peruanos que viven sin acceso a servicios de agua potable.

Texto: Ester Palomino

Fotografía: Ester Palomino

Fotografía: Ester Palomino

La primera vez fue en enero. Ese sofocante viernes, 26 distritos de la capital amanecieron con la sorpresa de la temporada: no había agua en casa, ni una sola gota. Piedras, palos y otros desechos habían bajado por la cuenca del Rímac debido a los huaicos. La planta de tratamiento de La Atarjea entró en crisis de captación y Sedapal decidió suspender el suministro.

Esa ocasión, Rosa Janampa, vecina de Cajamarquilla, sintió que ‘La ciudad de los reyes’ por fin podía entenderla.

“No, nunca tuvimos agua potable. Recién nos la instalarán”, explica la anciana que lleva 20 años viviendo en la zona de Paraíso. Habla lentamente, con la voz agotada por el tiempo de espera.

Esas dos décadas, Rosa y su esposo habitaron en un cuartito con techo de calaminas y débiles paredes de adobe. Era asfixiante en el verano, helado hasta los huesos en invierno. Felizmente, gracias a un programa social, este mes lo mejoraron con material noble.

Ahora, los Janampa poseen un baño; pero este no funciona. El Paraíso de Cajamarquilla tampoco tiene alcantarillado.

A sus 63 y 71 años, la pareja trabaja desde las primeras horas de la mañana. Rosa abre la puerta de su casa, coloca una reja de madera y la convierte en una humilde bodega que ofrece dulces a los niños. Su esposo saca la máquina de coser. Necesitan juntar dinero para comer y para esa parte del presupuesto que se lleva el camión cisterna. Son alrededor de 70 soles mensuales.

“Para cada tacho pagamos S/ 2.50. Yo tengo este y uno más pequeño”, comenta señalando el cilindro azul de plástico que descansa detrás de su puerta. Rosa extiende un cobertor del mismo material y lo asegura con un elástico que rodea el cuello del recipiente. Lo tapa, lo protege. Son casi 150 litros para dos días y dos personas. Es menos de la mitad del consumo diario de alguien que vive en Miraflores.

Lejos del Edén

El Paraíso que sufre de sed está a una hora y media de Ate. Luego de pasar por Huachipa, al otro lado del río Rímac, inicia una accidentada vía afirmada. El polvo se mete sin piedad por las ventanas de la cúster mientras esta avanza hacia el cerro. En el camino, hay que cruzar un puente sobre un cauce casi seco. Un caudal que miente porque cuando llueve, la corriente no tiene piedad de nadie.

En las calles de tierra de este lugar que no hace honor a su nombre, siempre se divisa algún camión cisterna. Engordado de agua, el vehículo vence la estrechez de la pista. Al lado de cada puerta -sea casa, mercado o colegio- no falta un contenedor para recibir el líquido con prontitud. Cisternas, tanques, baldes, todo vale.

En la callecita El Pino, un programa ofrece almuerzos para escolares. Aquí trabaja Aquilina, madre de dos niñas, que soporta el calor del verano dentro de una cocina que quema como un horno. “Preparamos 70 platos y gastamos al menos un cilindro para esa cantidad”, dice rápidamente mientras cubre trozos de pescado con harina.

Su compañera necesita lavar las papas, así que sale del cuarto a abrir el grifo del tanque general. Es el único de la cuadra y llenarlo cuesta de 15 a 20 soles. El agua fluye a la cocina por una manguera a través de un orificio en la pared, la mejor opción para evitar cargar grandes baldes una y otra vez.

“Algo que me da mucha pena es no poder aumentarles refresco a los chicos”, se lamenta Aquilina con voz baja. La temperatura sube, y los niños quieren beber más que en invierno. “Tenemos que hacer que alcance para todos”, finaliza con semblante resignado.

Fotografía: Ester Palomino

Fotografía: Ester Palomino

Acostumbrarse a la necesidad

Las instrucciones para llegar a la casa de Omega Torres son sencillas: subir a la línea P, con ruta La Molina – Ate y seguir hasta el último paradero. “Le dicen que bajan en mi casa. Todos los choferes conocen”, dice bromeando la estudiante de 18 años que vive allí con su padre y hermana desde el 2007. Un terreno que, según los planos urbanos de la Asociación 1ro de Enero, debería ser un parque.

En lo alto de Santa Clara, ese último lugar al que sube la combi, la frase “Lima es un desierto” es más real que nunca. El sol del mediodía ataca las casas prefabricadas, tapadas al descuido con calaminas. El viento no refresca. Rodeada por los cerros desnudos, Omega, con el oscuro cabello recogido, ve desde lo alto como todo esto se ha llenado de gente.

“Empezó a crecer por el 2015. Antes era como vivir en la selva: cada diez metros, una casa”, recuerda sentada en una banca, en el módulo donde vende desayunos. Durante ese tiempo, las familias llegaban aún a sabiendas de que no había ni agua, ni luz.

Si los diez años viviendo aquí le enseñaron algo, eso fue que sobrellevar la escasez es cuestión de costumbre. Nunca tuvieron otra opción. “Mi mamá siempre nos medía el agua. Nos decía ‘con esto te tienes que bañar’ y allí quedaba”, sentencia firmemente.

A pesar del calor, la estudiante solo puede usar dos baldes de agua para asearse. Un baño adicional es un gasto extra. Un lujo.

Vivir aquí condena a esperar al aguatero que sube a la hora que quiere. Obliga a calcular el agua para la ropa, a lavar en cantidades y usar ‘enjuague fácil’. Y Omega nunca se olvida la regla de oro: lavar bien todos los contenedores porque si viene el dengue, se acabó todo.

Algo que sí le costó horrores, fue acostumbrarse a los silos: tres cuartitos con paredes de madera que están a unos metros de su casa. Cada puerta tiene un candado dorado, un poco oxidado, que brilla con el sol. “Mi papá les da tratamiento temprano y a las ocho de la mañana le echamos ambientador. Ahora ya no huele muy fuerte, antes era insoportable”, se queja mientras se abanica con la mano. “Recuerdo que mi papá plantó otro módulo más arriba, solo allí podía dormir”.

En algún momento de este año, Omega y sus vecinos podrían dejar de pertenecer a ese 32.9 % de peruanos que no tienen conexiones de agua o desagüe. Sedapal ya los ha empadronado.

Cuando llegue ese día, las tuberías no se quedarán en el Hotel del Pueblo y en el campo de golf que está al frente del cementerio de Santa Clara. Porque arriba, donde no hay verdor y solo arena, hay gente que también quiere saciar su sed.

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