De Chincha a Lima hay 131 km, de Pachacútec a Surquillo hay 31 km, de Villa María del Triunfo a Miraflores hay 11 km. Y de La Molina a San Miguel hay 19 km. ¿Qué tienen en común estas distancias entre destinos tan dispares? Que recorrerlas toma el mismo tiempo: dos horas y media.

En tramos de ida y vuelta, hay personas que pasan cinco horas al día, 35 horas a la semana, 140 horas al mes y 1680 horas al año en el transporte público. ¿Por qué cruzar algunos distritos en Lima puede demorar tanto como un viaje interprovincial?

Texto: Diana Reynalte

Fotografía: Katia Reyna

Fotografía: Katia Reyna

De Pachacútec a la USMP

Pachacútec es el único lugar en el que no es necesario que los colectivos lleven un letrero que indique a dónde van. Para saberlo, las personas deben mirar las manos de los conductores. Si apuntan hacia arriba van a Puente Piedra; si apuntan hacia abajo, van a Ventanilla.

“¿Cómo pude equivocarme?”, exclama Alexandra. Está enojada porque confundir la dirección le costará llegar tarde a clases. Cualquier error es trágico cuando se debe subir a un colectivo, un alimentador del Metropolitano, un Expreso 6 y un bus adicional para llegar a destino. Con el tráfico de Lima nunca se sabe. Un atraso de diez minutos se puede convertir en una hora.

El cielo sigue azul. Alexandra observa a más personas en el paradero y como los colectivos pasan llenos decide ir en bus hasta Puente Piedra. El camino para salir de Pachacútec a la Panamericana Norte es caótico, es similar a un camino de trocha pues los baches malogran tanto autos como riñones.

Llega al paradero “El Norteño” para tomar el alimentador “Puente Piedra” hasta la estación de Naranjal. La cola que encuentra Alexandra es similar a la que se hace en los bancos en hora punta; pero esto es nada en comparación a la que le espera para tomar el Expreso 6: esa se parece más a la interminable fila fuera del Banco de la Nación en día de pago de pensión.

Ya dentro del Expreso 6, Alexandra está apretujada entre varias personas, completamente inmovilizada..  El bus está reventando. Al ser el inicio de un largo recorrido, es un lujo poder ir sentado. Algunas personas aprovechan ese tiempo para leer, escuchar música o simplemente filosofar; pero, la mayoría, para recuperar unas cuantas horas de sueño. No obstante, por cada persona que es parte de está élite hay siete que van paradas y respirando el suspiro del otro.

Al llegar a la estación Canaval y Moreyra, a Alexandra le quedan solo diez minutos de recorrido para llegar a su universidad. Exhausta corre una vez más junto con varios estudiantes. Suben al bus hasta que no se pueden mover y en ese momento oyen a lo lejos: “¡Mi Mochila!”, Alexandra sabe lo que es, nunca falta el estudiante que viaja con algo atascado en la puerta del micro.

Fotografía: Juan Mandamiento

Fotografía: Juan Mandamiento

De Salchipapa a la Huaca Pucllana

Cuatro estaciones de Metropolitano más al sur, Leonardo está preocupado. El bus está atascado, ya está por terminar por tercera vez el CD de 20 canciones que el conductor eligió para amenizar el viaje y él aún no llega a su trabajo.

El recuerda que partió de casa a primera hora de la mañana y se dirigió al paradero “Salchipapa” en el cual, en todo el día, no hay ni un solo puesto de ese rico manjar. Para salir de ese lado de Villa María del Triunfo hacia Miraflores solo queda tomar los buses tradicionales, ni el tren eléctrico ni el Metropolitano ayudan.

Leonardo tomó la única línea que va a la Panamericana Sur: “El Rápido”. Este micro, que va demasiado lento, se demora en llegar a Benavides casi lo mismo que el primer tiempo de un partido de fútbol. Él baja ahí para hacer el primer transbordo del día.

“¡Óvalo, óvalo!”, exclama el cobrador. Leo sube y escucha por primera vez la segunda canción del CD del conductor. Encuentra un asiento libre y lo toma. A esa hora de la mañana ya hay más movimiento en las calles: personas corriendo, bocinas sonando, personas tomando desayuno y mujeres maquillándose mágicamente en los buses.

Luego de terminar por tercera vez dicho CD de canciones, Leonardo llega al Óvalo. Ya para ese momento es cielo está gris y blanquecino. Del Óvalo hasta la Huaca Pucllana hay 10 cuadras de distancia. Él mira su reloj. A pesar de la hora, prefiere caminarlas.

De Constructores a San Miguel

Mientras Leonardo camina, Sofía corre al stand 45-A del Centro Comercial “San Miguel” donde labora. Para llegar ahí temprano por la mañana, la joven se levantó con el ‘kikirikí’del gallo. Salió de su casa a los diez minutos y se dirigió al paradero “Constructores” del Corredor azul. La fila para tomar el bus es corto, unas diez personas separan a Sofía del conductor pero no de los asientos. Las personas van apretadas y cansadas en ese nuevo servicio de transporte.

“¡Ahora me demoro el doble!”, exclama un anciano que está parado al lado de Sofía. Las personas miran al corredor con impaciencia. Lo reciben con el ceño fruncido. Si esa avenida ya era caótica ahora lo es más. Antes, si la situación apremiaba, los pasajeros se podían bajar de los buses y correr. Ahora deben esperar que llegue al paradero predeterminado y aguantar el tráfico con impotencia dentro de los buses.

Al llegar a Plaza San Miguel ella debe agitarse y trotar. El Centro Comercial está cerrado, así que debe bordearlo y eso le quita varios minutos.

En el tiempo que a alguien le toma viajar de Lima a Chincha, estas tres personas llegaron a sus destinos. Ellos viven dentro de Lima, a menos de 30 kilómetros de distancia entre sus puntos, pero el tráfico de las calles y la cantidad de personas hacen que esos viajes duren lo que a alguien le toma ver tres películas. Muchas personas viven esto día a día; horas interminables de viajes obligados que inician cuando salen de sus casas antes que el sol del horizonte.

 

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