Los carteles musicales y multicolores de Ceres en Ate inspiraron a Carmen Villavicencio Ruiz. La moda se convirtió entonces en su forma de vida. ¿Qué hizo que una contadora lo dejara todo?

Texto: Cecilia Crispin

Fotografía:  Katia Reyna

Fotografía: Katia Reyna

Carmen Villavicencio es dueña de KMK, una marca de ropa que fue en contra de muchos estereotipos de moda y que tiene como base principal a la cultura chicha.

“Cuando empecé esto busqué ser el fuera de lo común de los demás. No existía marca que hiciera algo netamente chicha. Mostrar la cultura popular, no solamente eran las líneas de Nazca”, añade Carmen, quien considera que en su mundo de la alta costura se puede utilizar otro tipo de ropa que transmita que estás en el Perú, que eres peruano. “Por eso hago lo que hago, lo sigo haciendo”, señala mientras mueve los brazos y sonríe.

Era el inicio del nuevo milenio. Esos tiempos donde las adolescentes no tenían un celular para escuchar música mientras iban al colegio. Ir desde Chaclacayo a Lima era muy agotador, pegada a una ventana del bus, a Carmen no le quedaba más que observar el paisaje. En el transcurso del viaje cruzaba por un lugar especial, Ceres, es allí donde encontró su inspiración.

Todos los días en este punto, ella observaba paredes enteras cubiertas por carteles a base de colores muy alegres, los que promocionan conciertos de los ídolos del momento: “Los Shapis”, “Los Destellos”, “El Grupo Maravilla”.

En medio de ese fulgor chicha, se dio cuenta de que esta temática le gustaba y que explotarla podría darle muchos frutos. Entonces, uno de esos días, durante el recorrido habitual, se hizo la pregunta: “¿Qué pasaría si yo plasmó esto en ropa?”. Es en ese  momento que empieza su idea de negocio, claro que todavía era un sueño. Ella tenía apenas 16 años.

Un sueño en proceso

Una sonrisa asoma a su rostro, se ha dado cuenta de que ya pasaron años. Hoy tiene 31 y Carmen es consciente de todo lo que ha logrado. Sabe que los sueños se pueden cumplir siempre y cuando no se olviden. Ella nunca olvidó el suyo, pues después de todo, estudió contabilidad al terminar el colegio, pero al mismo tiempo se matriculó en cursos de dibujo humorístico, diseño gráfico, estampado y corte y confección, atesorando siempre el anhelo de que algún día no muy lejano tendría su propia marca.

Por el 2008 sus sueños no pudieron esperar más. La típica frase “el que no arriesga no gana” describe ese momento. Carmen era jefa del área contable de un hotel cinco estrellas cuando decidió empezar el negocio, renunció a toda la seguridad que le daba el trabajo para crear KMK (Carmen Carola). Había ahorrado desde su primer sueldo para lograr sus metas.

La chicha se puso de moda

Las ferias de diseño independiente fueron testigos de esta nueva tendencia que empezaba a invadir Lima. Casacas y polos estampados con una gama de colores fosforescentes, fiel representación de la cultura chicha, fueron el “boom”.

 Poco después vinieron los auspicios, teleseries como “Al fondo hay sitio” y “Gamarra” utilizaron gran parte de su stock. Gracias a su página web logró exportar al extranjero, luego con la crisis decidió dejarlo. Hoy sigue exportando, pero en menor cantidad.

Fotografía:  Katia Reyna

Fotografía: Katia Reyna

No todo es color de rosa

Recordando todos sus logros, reconoce que la mejor decisión fue no renunciar, y es que desde el principio las críticas no se hicieron esperar: “Al inicio la diferencia era bien marcada, la estética de los carteles era muy fuerte para algunas personas. Tuve muchas críticas negativas y adjetivos  racistas, en ese momento era chocante, a estas alturas no influye en mi las opiniones negativas”, recuerda, pero esta vez  sin esa sonrisa que la delata.

Es por esta razón que decidió cerrar su tienda en Gamarra, las críticas que allí recibió la hicieron retroceder. Era lamentable que la misma gente que consume lo que ella plasma, viera sus diseños como algo “cholo”.

Poco después, comprobó que las críticas no solo venían de los sectores bajos. “Qué bonita tu ropa, el estampado es como para una chica del Agustino”, le dijo un conocido personaje de televisión cuando le hacía una pre-entrevista para un programa de señal abierta. Aquel día, Carmen rechazó la entrevista a pesar de haber sido aprobada, no podía ir en contra de sus principios por un poco de publicidad, sabía que su marca era más que ropa, representaba peruanidad.

Nada fue en vano

Hoy, Carmen Villavicencio es una mujer orgullosa de lo que hace y segura de sí misma, consciente de que es una de las pioneras en hacer este tipo de trabajos; ahora vende virtualmente y afirma que le va mejor que cuando tenía tienda física, aunque revela que quiere abrir una tienda en Miraflores.

Mediante su página web asesora a muchos jóvenes empresarios que como ella tienen sueños en mente, es que a esta mujer le gusta mucho ayudar, por esta razón nunca ha cobrado.

Termina la entrevista con una frase con la que comprueba que es luchadora hasta el final: “Todavía no estoy el punto donde diga bueno hasta aquí llegó”. Empieza la sesión de fotos y entre risas, lo único que pide es que le disimulemos la “papada”.

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