Para levantar a un difunto primero se menciona su nombre, luego se le pide perdón y finalmente se le pide permiso; de otra forma es imposible tocarlo. Preparar cadáveres para su destino final requiere de crudeza, sensibilidad y coraje.

Redactor: Lourdes Guzmán

Fuente: http://www.onoranzefunebrinesa.it

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Extraña profesión

Miguel Moreno se dedica de cuatro a seis horas a lavar y vestir a un sin número de muertos que son derivados a su funeraria. Es el tanatólogo preferido del barrio. Trabaja al frente del Hospital Edgardo Rebagliati, en el distrito de Jesús María, y tiene más de dos sedes en toda la manzana.

Se dedicó a limpiar muertos por herencia de su padre. Empezó a los 18 años y hasta la fecha no se arrepiente de lo que hace. Dice que su trabajo es valioso y poco común, se siente afortunado de poder ejercerlo y piensa viajar al extranjero para poder capacitarse mejor. “No fue fácil, me costó mucho al principio, no voy a negar que sentía miedo pero con el tiempo uno se acostumbra”, aseguró.

La tarea de Moreno es una especie de ritual de tres veces por semana, se pone su bata blanca, una mascarilla, un par de guantes, se persigna con seriedad y suelta un ligero suspiro. Los cuerpos que atiende no son ajenos a él, los trata como si fueran sus amigos, con mucho respeto, carisma y paciencia. “Debemos sentir más miedo por los vivos que por los que no lo están”, enfatiza con pequeña carcajada.

Técnica y misterio

Tanatopraxia y tanatología son nombres que la modernidad le dió a los procedimientos para preparar a los difuntos para su descanso eterno. A lo largo de la historia, alistar ese último viaje siempre fue un ritual de cuidado. Ahora, los místicos embalsamadores egipcios se han convertido en caballeros de guantes y bata blanca.

¿Cómo acomodar a un cadáver? La única manera de poder cerrar a la fuerza sus ojos, es echándole un par de gotas de limón, tip indispensable de un verdadero tanatólogo. Del mismo modo, si un muerto presenta muchos reflejos (movimientos involuntarios) en plena limpieza, se procede a bendecirlo inmediatamente para que se quede ‘quieto’.

Asegurar la conservación implica otro cálculo. La cantidad de formol que se inyecta en los cuerpos varía de acuerdo al peso, a la talla y al tipo de enfermedad o el modo en qué fallecieron.

Miguel advierte que existen tres tipos de cadáveres: los que son derivados de una morgue, los que son trasladados desde el lugar donde murieron y los que provienen de una casa. Estos últimos son los más fáciles de limpiar porque generalmente los familiares son los que los mantienen higiénicos. Los más difíciles son aquellos que están calcinados, los que murieron por cáncer de corazón o pulmón y los que están descuartizados.

Aunque su trabajo requiere sangre fría, Miguel es consciente de lo crucial de la calidez humana al momento de hablar con los familiares. “Tener empatía y nunca faltarle el respeto al difunto”, agrega con inamovible seriedad. Su labor puede mitigar ligeramente el dolor de una pérdida. Él es consciente de eso cada vez que uno de los cuerpos deja la funeraria en un frío y estrecho ataúd.

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