La ludopatía es sinónimo de vicio.  Casi siempre ocurre con los jóvenes y sus juegos de video, pero qué sucede cuando esta pasa a los ancianos y vuelven su adicción por los casinos…casi una droga.

Texto: Alison Romero 

Foto: Juan Pau

Foto: Juan Pau

Hace dos años, el vigilante Faustino Espinoza, Coronado de 44 años entró como de costumbre al casino Venezuela frente a Metro de Breña. Pero esta vez, aumentó su apuesta. Se prestó 15 mil soles y cruzaba los dedos. Necesitaba ganar, sino estaría perdido. Era el segundo día que llevaba una fuerte cantidad.

Pasada la noche, a las seis y diez de la mañana un disparo resonó en todo el local. La gente se alborotó. ¿Era un robo acaso? No. Era un suicidio. Un balazo acabó con la vida del agente que acudía noche tras noche al tragamonedas. Pero él no se suicidó…a él lo mataron. Lo mató la adicción. Lo mató el vicio.

 

El escape de la vejez

Margarita Zenozain tiene  65 años y adora el casino. Vive muy estresada por la artritis, la diabetes y los gastos del hogar, pero esto no impide que acuda a su santuario: una silla frente a una máquina.

A pesar de que vive junto a sus hijos en Barrios Altos y trabaja en la panadería  de su hermana los fines de semana, la señora Margarita  es la que más  aporta en la casa y solo se desfoga cuando entra a las “maquinitas”. Así se libera.  Así  se siente bien.

Cada vez que puede se da un salto por Jesús  María,  su distrito favorito,   entra a jugar,  pero lo hace más  cuando acompaña a Victoria, su hermana, la dueña

Foto: Juan Pau

Foto: Juan Pau

de la panadería Joel, famosa por sus turrones y bizcochitos. Es mayor que “Marga” por unos años,  pero las une un juego: el juego del dinero. Victoria lo tiene, así que no se preocupa por guardarlo. Solo se preocupa por sacarlo de su cartera. Lo ve como una diversión. No deja de ser un juego.

Era medianoche y Margarita no llegaba. Tampoco contestaba: tenía el teléfono  apagado. Corrían los minutos y nada. Cinthia comenzaba a preocuparse.  Su madre  tiene  la costumbre de apagar el celular cada vez que sale. Al borde del llanto llamó  a su hermana  para avisarle.  “Cinthia, ya sabes cómo es”,  le respondió. A la media hora llegó Margarita despreocupada. Cinthia le reclamó  por haber llegado tan tarde, pero la anciana hizo un gesto con la mano derecha, como si no pasara nada, mientras reía despreocupada. “Ya sabes donde estaba,  caramba” dijo finalmente, se fue a dormir y dejó allí a su hija con los reclamos en la boca.

 

Lo prohibido atrae

Liberata Rojas tiene 75 años y a pesar de la sordera que la aqueja no deja de ir al tragamonedas desde los 50. Al principio, su hijo Oscar le exigía que no salga por ser una persona mayor, pero esto no era impedimento para ella. Al contrario, iba con más ganas.

Las prohibiciones estaban de más, así que la familia se dio cuenta que pelear era en vano. Incluso, hacía berrinches con tal de salir a gastar su dinero en aquel juego. Quizá era por el estrés de estar todo el día en casa o el deseo de experimentar aquella sensación de placer en los juegos de azar.  Tal vez ambos.

Cada vez que Liberata cobra su pensión en el Banco de la Nación, cerca de Benavides, Surco, un casino de nombre ‘Mambo’ la seduce y hace que pierda la noción del tiempo. para poder concentrarte en una sola cosa: la apuesta.

Por esas fechas, Rojas desaparece durante un día entero. Diez de la noche, once a veces. Antes su familia iba a buscarla al mismo lugar, preocupadísima por ella, pero ahora la cosa cambió. Parece que Liberata ya no los quiere preocupar tanto y regresa a las ocho. Sola. Sola se fue, sola jugó y sola regresa a casa. Su nieta Camila Espinoza de 19 años comenta que la anciana dice que va a jugar con sus amigas, pero que es mentira. Suele mentir en esas cosas.

“Siento que es algo psicológico porque en la casa, lo único que hace es quejarse y parece una persona moribunda. Suspirando de su dolor, pero cuando sale, se transforma”, señala Camila, mientras mira hacia el cielo con un gesto de incomodidad.

El porqué del asunto

Inestabilidad emocional, depresión, ansiedad y aislamiento social llevan a los ancianos como Liberata a ser esclavos del juego. Esclavos, también, de sí mismos.

“Se refugian en el azar como una manera de escapar de la realidad y desconectarse de su entorno”, explicó Susana Jiménez, jefa de la Unidad de Juego Patológico del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de Bellvitge, en Barcelona, España a Diario del Juego.

Pero en los proximo años, esta tendencia aumentará en mayores de 65 años, porque sabrán como usar las nuevas tecnologías. Ya existe diversidad de juegos y están al alcance de cualquiera.

Este es más adictivo por el anonimato, el fácil acceso y piensan que tienen menor posibilidad de riesgo. Error. Un claro ejemplo es la adicción en niños y jóvenes, como los que llegan al extremo de robar dinero y escapar de casa para ir a la cabina.

La adicción es fatal. La dificultad crece cuando no puede ni controlar ni resistir el impulso por estar jugando. Esto destruye primero a la persona, pero también a la familia. Es mucho más rápida que la drogadicción o el alcoholismo, pero igual de peligrosa.

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