Las épocas han cambiado,  los gustos también, sin embargo, Los Mirlos siguen siendo los mismos. Con otros personajes, con otros rostros, pero con el mismo amor a: la música, su selva querida y su hermosa ciudad de las orquídeas, Moyobamba.

 Texto: Sthefany Alonzo Barreto.  

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Desde el vientre de su madre, Jorge Rodríguez escuchaba el sonido del vaivén vibratorio del acordeón de su padre, y así fue a lo largo de su niñez, hasta el punto de querer consolidarse con su hermano menor, Carlos, como músicos y crear su primer conjunto, “Los Saetas”. A pesar de todo, no siempre fue así, el primero tomo otro rumbo, el de la docencia.

“Que puedo decir, yo he sido docente de primaria y  también enseñaba a los grados superiores”, esclarece Rodríguez. No obstante, llevar la música y la pedagogía simultáneamente, era complicado y perjudicial para sus alumnos, ya que Rodríguez viajaba mucho con la banda. Él debía decidirse, y escogió por la música, su mayor pasión o como él dice: “La razón de su existencia”.

Carlos acababa la secundaria, y Segundo, otro de sus hermanos, que estaba en Lima, los llevaría allí con el fin de trabajar. La metamorfosis comenzaba. Dejaban la selva de árboles y vegetación por una de cemento y de nubes grises.

 Es así, como el profesor aún después de dejar su vida de adoctrinamiento, sigue enseñando, ya no en un salón, frente a una pizarra, sino, frente a un público, siendo maestro de una orquesta. Quizás por eso, entre tantos nombres que le dieron para seleccionar -luego de enterarse que había otro grupo en Lima llamado Los Saetas- él opto por “Los Mirlos”. Haciendo referencia a un ave inteligente que repite lo que le enseñan, como si esta fuese su alumna.

Era cuestión de tiempo. Los Mirlos iban ser conocidos y reconocidos por su talento, como Don Jorge -dando una leve mirada hacia el cielo- confirma: “Agradezco a dios por las oportunidades de empezar a conquistar, de un inicio la selva, después todo el Perú y llegar a expandirme por todo Latinoamérica con ese nombre: “Los Mirlos”.

 Los mirlos: Un grupo de familia.

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Los años transcurren rápido, y don Jorge con ellos. ¿Qué será de Los Mirlos, si él faltase? A pesar de todo, eso no le preocupa al director, al contrario, se siente seguro del cariño de todo el Perú. Empezaron en décadas de los 70’s y hasta ahora siguen vigentes, ¿cómo podría preocuparle?, pero tal despreocupación no solo se debía a eso, había algo más. Él tiene su haz bajo la manga. Él tiene a Coqui Rodríguez, su hijo.

“La idea es, que el día que me retire, también sigan existiendo Los Mirlos”, pronuncia Jorge Rodríguez, -con ilusionados y cristalinos ojos, al pensar en ese futuro- y agrega “tengo dos músicos muy buenos, mi hijo y mi sobrino. Ellos están con perfil bajo, por ahora, porque todavía estamos vigentes, pero no hay cuerpo que dure cien años”.

 Aun así, ellos han acompañado al maestro en algunas de sus presentaciones, y han aprendido y hasta lo han aventajado, porque como él afirma: “mi hijo me ha superado, Coqui es un excelente músico, se ha dedicado a la música totalmente, toca todos los instrumentos, hasta el acordeón de su abuelo. Él va seguir con Los Mirlos”. Cada palabra pronunciada va acompañada de emociones.

 Por otro lado, también está, Danny Fardy Jhonston, quien es el guitarrista pionero de los charapas de oro. Ahora él no cuenta con su cabellera, pero el talento en las cuerdas le sobra. “Tuve la oportunidad de conocerlo por un amigo que es bajista, Danny se ha identificado conmigo como selvático, sin embargo – sé ríe- él es limeño”, explica el director y añade “Danny, no es mi familia directa, pero es como  mi familia. Lo quiero, lo aprecio, porque su labor es importante para mí”.

 Para terminar con esta añorada ilusión, Jorge imagina que sus nietos más adelantes continuaran con su legado. “Yo he visto en varias agrupaciones que ahora están manejando los nietos ¿Qué lindo, no?, hacen lo que sus abuelos han hecho. Es hermoso”, pronuncia, mientras que los sueños se sumergen en su mirada  y su rostro es una expresión gigantesca de felicidad, que al no poder más, dibuja en sus mejías dos hoyuelos de ensanchar tanto su sonrisa.

 Jorge, además de la música, tiene como segunda pasión, escribir y componer, tiene apuntado aproximadamente 56 canciones en borradores. Creyente, que cuando él falte, sus hijos las grabaran. En sus últimas letras deja además de su puñado, su legado, quizás, quién sabe, uno de los últimos aportes del maestro, con el cual lo recordaremos a ojos cerrados con esa felicidad tan característica de él.

“No somos chicha”

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“La palabra ‘chicha’ es muy polémica, entre los cumbiamberos. Algunos la aceptan, algunos no. Y yo tampoco acepto ese título”. La sonrisa se le empieza a torcer, ha cambiado. Don Rodríguez a diestra y siniestra trata de diferenciar sus raíces, pues  ve tal denominación más como un calificativo. Él explica: “La palabra chicha lo usan para todo. Si el periódico es barato, es chicha, si un trabajo está mal hecho, es chicha. Es utilizada como una palabra discriminatoria. No tiene una direccionalidad como debe ser, como es la cumbia”.

Por el contrario, aprueba, que lo denominen por la cumbia, y más aún, si  agregan la palabra, amazónica. “Nosotros hacemos la cumbia amazónica que tratamos de transmitir con nuestra canciones, los sentimientos de nuestro pueblo, el sabor de nuestra comida”, ratifica don Jorge, mientras, nostalgia, los platos típicos y el rio de su tierra.

 Además, alude que esa palabra también es utilizada para referirse a la cumbia andina, la cual apareció en 1980, que viene de inmigrantes  de la región andina a la capital, en la época del terrorismo, sin embargo, Los Mirlos nacieron una década atrás. Siendo ellos uno de los precursores de este movimiento, la cumbia.

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