Son las 10:45 del 29 de enero de 1985, y el poeta, Ramón Rafael de la Fuente Benavides más conocido por su seudónimo: Martín Adán, agoniza en el cuarto piso del sombrío hospital Arzobispo Loayza.

Texto: Sthefany Alonzo

cronicaviva.com.pe

Empieza a sudar desenfrenadamente, los minutos transcurren, cada segundo lo aleja de la vida, para tragedia, no hay nadie en la habitación que pueda determinar su mal ni nadie afuera de ella que este desocupado(a) para atenderlo. Veinticinco minutos después, la enfermera encuentra a un médico saliendo de una sala de operaciones, lastimosamente, cuando el doctor llega al cuarto, el poeta ya no tiene pulsaciones,  ha muerto.

Meses atrás, un derrotado Adán habría estado por cuarenta y dos años en lo que se había convertido su hogar: El Hospital Víctor Larco Herrera, lugar que entraba y salía constantemente, y al cual ingresó por cuenta propia para alejarse del alcohol y su viva bohemia. Se sometió a recurrentes lavados estomacales; sin embargo, la adicción era fuerte y pesaba en el escritor, que regresaba cada cierto tiempo a la bebida, para morir un poco con algo de alcohol en la sangre.

Por esta razón no sería extraño verlo– si aún viviese- en el bar Cordano, antiguo hotel Comercio, sentado, solo y totalmente ebrio. Esparciendo en el ambiente ese aspecto de desolación propio de él, escribiendo en algunas servilletas si es que le faltasen hojas, porque como dice el periodista Mirko Lauer: “Lo único que le interesaba a Adán era escribir poesía y chupar”.

No obstante, se debe separar a Adán, el poeta, de Rafael de la Fuente, la  persona, el ser detrás de lo bohemio, al que le perseguía una inmensa agonía por la soledad en que se encontraba debido a sus años de ermitaño en los hospitales psiquiátricos y hoteles de mala muerte que tanto le gustaba.

“Nadie comprende lo que es llevar a cuestas a un excéntrico poeta bohemio, que pretende exclusivamente paz y soledad y que a la vez tiene dentro de sí a un hombre deseoso de que los demás se percaten de que Rafael de la Fuente es un ser humano tan igual que otro y gusta de la compañía”, afirmó en una de las pocas entrevistas que dio y quizás, en la única en que desnudó su alma ante una persona, peor aún, una periodista: Delia Sánchez.

Escrito a ciegas

Protegió su intimidad haciendo de Martín Adán un escudo para resguardar a Rafael de la Fuente, afirmando un año antes de morir que: “A Martín Adán pueden escudriñarlo cuanto quieran a través de sus obras. A Rafael de la Fuente, ¡no!… Le hacen daño”, haciendo referencia a los periodistas – no todos- que según el poeta solo visitaban a Adán mas no a Rafael.

Por tal motivo, el escritor no daba entrevistas y mucho menos permitía visitas. El autoexilio le costó el entusiasmo; es decir, las ganas de escribir. Los años pasaban y con ellos su vida. La soledad lo abatía, sin embargo ella fue su eterna compañera.

Por ello cuando Celia Paschero, colaboradora de Jorge Luis Borges, le solicita un texto autobiográfico, Adán fiel a su estilo le responde con un poema titulado: Escrito a ciegas.

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.
¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?… Porque sabes harto
Lo del Poeta, el duro
Y sensible volumen de ser mi humano

Cuando lo sepas todo…
Cuando sepas no preguntar…
Sino roerte la uña de mortal.
Entonces te diré mi vida,
Que no es más que una palabra más

La toda tuya vida es como cada ola:
Saber matar.
Saber morir.
Y no saber retener su caudal,
Y no saber discurrir y volver a su principio


Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar

No, no soy el que busca
El poema, ni siquiera la vida…
Soy un animal acosado por su ser
Que es una verdad y una mentira.

Por ello, si queremos saber más de Martín Adán, no preguntemos, sino, vayamos al centro de Lima, vayamos a barranco, vayamos a mirar el mar…

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