La Plaza Dos de Mayo es chicha. Está rodeada por carretillas, combis e instrumentos musicales que ornamentan los alrededores de las casonas rosa-celestes. Dentro de una de ellas, está el taller de música y canto, “Mercurio”, que fue creado por Manuel Alan Rivera, quien también es el maestro.

Texto: Sthefany Alonzo Barreto.

Fotografía: Wendy Vasquez

Fotografía: Wendy Vasquez

Mercurio en el centro de Lima no es un planeta es un taller de música y canto. No está en la Vía Láctea está en una vieja casona de la Plaza Dos de Mayo. “Se creó para que personas provincianas que vienen a Lima, logren sus sueños de triunfar en nuestra música natal”, afirma su fundador Manuel Alan Rivera.

Con nostalgia en los ojos recuerda que hace 15 años pasó por lo mismo, cuando dejó su querida Huarochirí, para venir a Lima a perfeccionar su talento. Asistió a numerosos talleres -inclusive hasta el Conservatorio Nacional de Música- pero debido al costo, decidió retirarse, mas no con las manos vacías pues en ellos había adquirido habilidades y conocido a los integrantes de su grupo musical: “Mercurio”.

Los mejores alumnos del taller llegan a formar parte de la agrupación. Es así que cada uno de ellos se esfuerza día tras día, para ser parte de la manada de vestimenta celeste reflejada en la gigantografía puesta en los alrededores del escenario del taller.

Tal esfuerzo no complace al maestro, que no le es suficiente con que solo en sus tiempos libres -debido al trabajo- practiquen. Para Manuel, si te quieres dedicar a la música, tu vida debe girar en torno a ella, pensar y tararear melodías debe ser una obligación. Como él lo hizo cuando abandonó trabajos rentables, además de elegir por la música sin que esta idea le agrade a Jorge Alan Torres, su padre, quien de una manera indirecta motivó a Manuel, pues él, también tuvo su orquesta, “La nueva unión”.

Sin embargo, a pesar de que Jorge Alan fue el referente más cercano para Manuel, el maestro comenta que fue por vocación propia, ya que este nunca le enseñó, debido a lo ocupado que se encontraba con sus presentaciones.

El taller

Tras las puertas de madera, se encuentra el escenario en donde practican los aspirantes a músicos y en el fondo a estrellas. Son las 8 de la mañana y empiezan a llegar los alumnos. Seguro y sin ningún rastro de timidez, asciende al escenario el primero de ellos. Sucesivamente, después que este termina su listado musical, suben los demás para desempeñarse en cada una de sus áreas artísticas, mientras otros, ansiosos e inquietos, esperan su turno en sus asientos, y al no poder más, corean o acompañan al vocalista con los clásicos pasos de baile de todo orquesta musical. Todo ello sucede en la tarima que se estremece ante el brutal ritmo.

De pronto, el ambiente cambia, el sol que ingresa por la ventana ilumina el piso, como si buscase atraer a los alumnos, para que estos empiecen a bailar. Lo consiguió, las parejas se levantan, el escenario se desborda al suelo, las mujeres cual si tuviesen faldas, empiezan a agitar sus caderas, mientras que los varones con ademán de protección, extienden sus brazos, y las rodean con sus sonrisas ilimitadas.

Aquel lugar decorado con múltiples afiches de los más distinguidos artistas de la escena vernácula peruana, empieza a tomar color. Lo que pasa en el taller mercurio ya no es un simple ensayo, sino una presentación hecha magia. Acción que enorgullece a su concentrado maestro que se mantiene en el órgano para dirigir a los que están tocando y cantando. Manuel afirma ser el responsable de este suceso, “Les enseñé a no ser tímidos”, comenta.

La música es más que sonido y armonías, es sentimiento, y esto se puede ver en las expresiones de cada uno de los futuros vocalistas y presentadores que exclaman frases profundas como: “Dónde estás amor, quiero verte y decirte cuanto te quiero”, y uno que otro: “¡salud!” a un público irreal, pero con esperanza de que en un porvenir exista.

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