Una pared en blanco es una oportunidad y la amenaza de ser descubierto el reto. ¿Qué hay detrás de pintar un espacio y expresarse con colores y formas? 

Por: Gianmarco Failoc

Solo un artista es capaz de lograr que alguien se enamore de algo tan crudo como Lima. A Valentino, un hípster de ‘treinta y pocos’, le importa muy poco trepar paredes en Ate, saltar muros en fábricas abandonadas y conocer extraños debajo de los puentes, con tal de expresarse.

Foto: kelly Oscco Vargas

Foto: kelly Oscco Vargas

Son las 6:00 am y el frío está insoportable. El sonido de las latas aproxima su llegada a un almacén abandonado en el kilómetro 19 de la panamericana sur. Tiene las manos manchadas, la mochila goteando y un perro ladrándole al lado. Carraspea. El olor del aerosol es muy fuerte. Se quita la chompa y se cubre la boca y nariz. Tose.

El arte urbano nos permite expresarnos y ser escuchados, te saca del ‘espacio protegido’, te desnuda, comenta Alexandra, de cabello corto y fucsia, mientras pinta un mural y conversa con un sereno. No pasa nada, tiene permiso de la municipalidad.

Estos artistas intervienen la calle porque la cuidad les pertenece, al igual que a todos. El arte en general, afirma Alexandra,  le hace bien a las personas, porque expresa nuestro mundo interior, las experiencias, la posición ante las cosas, los miedos, las dudas, las alegrías, todo. Vivimos en una sociedad que en general censura las expresiones, trata de encasillarlas, de imponer respuestas.

 

El borrador de color amarillo

Tres muchachos llegan al Centro de Lima  a terminar de pintar el mural que dibujaron en la madrugada. Lástima, se les adelantaron y su trabajo ya fue borrado. Ahora todo está  pintado de amarillo. Se lamentan de haber nacido en un país donde el arte solo se encuentra en los museos.

Para Juan Manuel, de mediana estatura y voz atenuante , Un mural en blanco es un problema por resolver, un acto de fe. Nunca sabes qué pasará. El isotipo de su trabajo es el cerrito dentro de la palabra Lima, El reto para que la gente se identifique no solo iba por lo estético, sino por los símbolos que existen. Está la cruz sobre el cerro, sincretismo cultural, símbolo de fe e imposición de la colonia sobre más de 4,000 años. El tanque de agua que simboliza nuestra realidad geográfica afincada en un desierto húmedo y paradójicamente sin agua para las masas y la columna de construcción con fierros sobresaliendo icono representativo del progreso y aspiración de la clase trabajadora.

Fábrica de sueños

Valentino está por terminar su trabajo. Y un parpadeo de luces rojas y azules se mezcla con su mural. Suena la sirena y lo único que le queda es tomar sus cosas y correr. Salta las rejas con cadenas. Levanta el polvo de la fábrica abandonada, pisa vidrios rotos, condones usados y charcos de agua. No hay salida. Tiene que subir tres pisos y saltar hasta el otro lado del edificio para escapar. No hay baranda y está al borde del precipicio. Su mochila con latas compensa el peso para atrás y lo alejan de la muerte.

La diferencia entre el graffiti y los murales es que en el primero, el principal objetivo es tener presencia con una firma, llegar al lugar donde nunca nadie ha llegado, dejando de lado la estética. Lo segundo tiene que ver con inspirar y dar una nueva identidad a la cuidad.

Lo bonito de intervenir la calle es que al entregar la pieza, ya no es de uno, es de todos. La gente de la un valor y ese valor es particular. ¿Cuánto valor se le da al arte? Eso tiene que ver con cuánto valor se le dé a los días, al tiempo y a la vida.

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