La gracia también puede ser masculina, y eso lo intentan demostrar los chicos que bailan ballet

Redactor: Luis Pequeño

Fotografía: Xiomara Bendezú

Fotografía: Xiomara Bendezú

Pasos ligeros suenan sobre las colchonetas que alfombran los salones de la Escuela Nacional de Ballet. Uno, dos y tres; uno, dos, tres… ¡y giro! Los espejos rodean y reflejan a los aspirantes a bailarines. Bajo esa multitud de mallas y de bordados se distinguen rostros femeninos, jovencitas graciosas y flexibles, que se mueven al compás del ritmo invisible que impera en la sala.

Entre ellas hay un minúsculo grupo de muchachos, menos de cinco para ser precisos, que se mueven sigilosamente, escabulléndose con la danza. Giran, dan un salto. Impresionan y exhalan elegancia. Parecen hechos de goma aunque sean simplemente hombres de carne y hueso. Son seres que sueñan con un escenario marcado de contraluces, donde el poder del claroscuro los convierta, aunque sea por un momento, en estrellas de la danza.

Pero cuando la música cesa y termina el arduo entrenamiento diario, ellos saben que es hora de ir a casa. Regresan a la realidad de su vida: unos al colegio, otros al instituto, y algunos otros a su casa. El ritmo acelerado de vida y el cansancio hace que siempre alguien renuncie. Es quizá una ley no escrita que pocos lleguen a la excelencia que exige y necesita el arte de la  flexibilidad.

Vocación de artista

Han pasado tres años desde aquel día de verano en el que José Armando, a punto de cumplir 16, llegó hasta los portones de la Escuela Nacional Superior de Ballet. Estaba decidido a dedicar su tiempo y sacrificar sus descansos a una de aquellas cosas que le apasionaban.

“Primero me iba al cole, luego me iba a estudiar inglés y después, ballet. Llegaba a mi casa muy tarde por la noche y me iba directo a dormir. Acepto que hacía mis tareas cuando podía, aunque nunca fui buen alumno y la verdad es que eso me importaba muy poco.”, recuerda José sobre los apuros que tenía al organizar su horario.

Antes del ballet, él tuvo dos pasiones que justamente lo llevarían a ser un bailarín clásico, aunque en su momento él no lo supiera: la danza y la gimnasia.

“Yo siempre tuve en claro que lo artístico era lo mío, ya tenía conocimiento sobre danza moderna y gimnasia. Entonces cuando vi lo del ballet me dije ¿Por qué no intentarlo? Y fue una experiencia increíble”, comenta.

Pasaron más veranos y el colegial de quinto de media se convirtió en un estudiante de diseño de modas. Con tristeza admite que no baila desde hace un año. “Fueron razones ajenas a mis ganas de continuar”, intenta explicar. Pero ese alejamiento no impide que sus vivencias en la academia permanezcan frescas en su memoria.

Fotografía: Xiomara Bendezú

Fotografía: Xiomara Bendezú

El secreto del buen bailarín

“En el ballet no hay punto intermedio: o eres bueno o eres malo haciendo algo. Un movimiento, una postura, hay miles de cosas que uno tiene que hacer para que todo te salga perfecto.  Si ya de por sí ser un bailarín es difícil, ser uno de ballet es aún más duro”, cuenta José Armando sobre la exigencia que se requiere para ser excelente a la hora de bailar.

Cuando se le pregunta cuál es la parte más difícil, la que requiere más esfuerzo y dedicación para aprender; él, sin dudarlo, responde las técnicas y las posturas. José cuenta que gracias a la gimnasia él podía explotar fácilmente su flexibilidad y era en eso en lo que le ganaba a todos. Pero de todas formas, el proceso de aprendizaje era muy duro.

“Sufría un poco con las técnicas, aunque para la gran mayoría lo más difícil son las posturas y los saltos. Si no tienes flexibilidad para los saltos, sencillamente, no eres nada.”, explica con seguridad. “De otra forma, no saldría bien, porque el ballet es técnica, es estética, es gracia”.

Antes de irse, José Armando comparte un pequeño secreto. Los hombres que bailan ballet se distinguen de sus compañeras por una razón que la mayoría  ignora pero que los expertos del arte de la gracia y la flexibilidad saben de antemano: los hombres que bailan ballet no bailan de puntillas. Esto es patrimonio exclusivo de las mujeres, ellas son las dueñas de la técnica que desafía a la gravedad.

Pero hay algo más. Eso que hace de estos chicos el complemento en el escenario de aquellas doncellas de pies ligeros. Pedro, de 12 años, también bailarín y amigo de José Armando, comenta que los hombres son el soporte de las chicas.

Ellos representan la fuerza en el escenario. Deben serlo, pero con elegancia, con porte. El no tener que andar de puntillas les facilita ello. Giran y giran, saltan y caen perfectamente, cargan a las muchachas, y buscan brillar entre ellas, entre las estrellas.

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