Es el octavo asalto y un inca cayó. Diecinueve victorias al hilo no fueron suficiente para hacerle frente a su contrincante ruso que lo dejó en el piso tendido, sin nada qué hacer. Recibió puñetes que le rompieron la nariz, soportó golpes en el estómago que lo dejaron sin aire y aguantó impactos con la dureza de un bate de baseball, pero nada dolió tanto como la derrota.

Jhonatan Maicelo (Callao, 1983) buscó ser el campeón del mundo en California en abril del 2013. No lo logró porque se encontró con Rustam Nugaev, un tipo rudo de 30 años.

Texto: Fred García Bautista

 

Fotografía: Fred García

Fotografía: Fred García

Golpeando el aire

Jhonatan Maicelo tiene rostro frío, pero la personalidad cálida. Cuenta que un boxeador además de trabajar lo físico, también debe trabajar lo mental. La parte psicológica de un valiente que sube al ring debe estar bien afianzada, de lo contrario será el fin para él.

El deportista mide menos de un metro setenta, es delgado. La fibra se ha impuesto a la grasa. Tiene un gimnasio en Los Olivos. El espacio es también su casa.

En el fondo se ve el ring con las cuerdas rojas, los ángulos del cuadrilátero son negros, como también son los guantes y los protectores. Arriba hay tres jóvenes fuertes, pero atléticos. Entrenan con uno de los profesores del staff de Jonathan Maicelo, quien esta tarde luce algo cansado.

La actitud y “los huevos”, como lo llamaría la ‘Cobra’, son esenciales para un boxeador. Sin estas herramientas, no se logrará nada, añade con su complejo tono. Maicelo no habla, parece que recitara mensajes de aliento, como un pastor en una iglesia. Sube el tono, a veces grita, otras mueve los brazos y parece decidido a golpear el aire.

Nuevas historias

Maicelo entrenó durante largos años en Estados Unidos. Así se alejó del Callao y de la bombonera del Estadio Nacional, donde otros boxeadores empezaron el largo camino. Ahora, se alista para volver a California, allí se preparará para volver a pelear.

A pesar de haber perdido dos de 23 encuentros (uno por nocaut), sigue entrenando con fervor y sacrificio para escalar en el ranking ligero de la AMB (Asociación Mundial de Boxeo) y poder pelear por el título nuevamente.

Añade que cada pelea es una nueva historia y en cada una de estas, está prohibido perder.

“El boxeo es un deporte muy sacrificado. No es como el fútbol que pueden perder muchas veces y el Perú los apoya. Acá tú pierdes y te vas. Así de simple”, cuenta enérgico y furioso y otra vez parece gritar y decidido a darle un gancho al aire.

Joven indisciplinado

Jonathan no supo del box hasta los 13 años. Sus amigos del colegio lo llevaron con engaños a un gimnasio después de ‘tirarse la pera’ y quedó fascinado, asombrado, como si el ring lo estuviera esperando por años.

Su primera pelea no la ganó, pero tampoco la perdió. Su maestro de ese entonces, al ver lo indisciplinado que era, quiso desanimarlo y lo utilizó de sparring contra un sujeto un poco más alto y con mayor experiencia.

Su contrincante de aquella vez fue alguien que tenía muchas cualidades, un golpe de fierro capaz de tumbar al más duro. Tenía más conocimientos de box, el tiempo de entrenamiento y todos los movimientos que su entrenador le pudo haber enseñado. Sin embargo, no le pudo ganar al también llamado ‘Inca’ cuando aún era solo un joven indisciplinado.

Esa pelea fue el momento clave para el inicio de su carrera profesional.

Sueño realizado

Han transcurrido 20 años desde que Maicelo se inició como boxeador. Ha sido campeón latinoamericano, pero también una voz autorizada de la nutrición de barrio, a través de las redes sociales. Tiene más de 315 mil seguidores en el Facebook. También es un diseñador de ropa, imagen de marcas, un bailarín de realities, con una indiscutible elegancia en tacos. Hay un Maicelo a veces en los diarios deportivos y otras en las páginas de espectáculos. Un round para cada quien.

Pero también es un empresario. Su propio gimnasio era un sueño que ya cumplió.

Cuando lo inauguró en setiembre, no lo podía creer, pensó que no era real. Decidió dormir en una esquina del gimnasio para que al levantarse afirmara que todo era realidad.

Eran las 6 a. m. y la prensa ya estaba afuera del gimnasio esperando ver el esperado establecimiento. La bulla lo despertó.  Ahora sueña despierto.

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