Aquel sentimiento de enojo o tristeza que experimenta la persona que no tiene o desearía tener para sí sola algo que otro posee, se llama envidia, la cual está presente desde los primeros tiempos.

Texto: Cecilia Crispin

Envidia

Dibujo: Franco Goñi

Dicen que el diablo alguna vez vivió en el reino de los cielos. Era el ángel preferido de Dios, quien lo dotó de gran sabiduría y conocimiento. El diablo tenía gran poder. Incluso, después de Dios, él era el jefe. Sin embargo, eso no le bastó. Algo le robaba el sueño: anhelaba tener el trono, pero cayó en la decepción, ese ya tenía dueño. Entonces, su mente no comprendió razones y la envidia se apoderó de él dejando atrás todo lo bueno que había hecho.

“Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste criado, hasta que se halló en ti la maldad” (Ezequiel 28:15).

El diablo quería el poder de Dios, quería ser como él y tener su propio reinado y un pueblo que lo adorase de la misma manera. Y buscando cumplir su propósito organizó una rebelión entre los ángeles. Cuando Dios se enteró de su traición, lo expulsó para siempre y lo envió a las profundidades de la tierra. Finalmente, el diablo consiguió lo que deseaba: su propio dominio. Aunque este fuera el reino de las tinieblas. Se trata de una paradoja al lado de su nombre: Lucifer, el portador de luz.

La envidia también se ve reflejada en la literatura, grandes personajes la han dado a conocer en distintos pasajes de su historia. Tal es el caso del “zambo” Roberto López en el cuento “Alienación” de Julio Ramón Ribeyro.

Todo comenzó cuando la guapa Queca por fin se percató de su existencia, la emoción de Roberto no duró mucho, se derrumbó apenas ella soltó aquella burlona frase que lo acompañaría por toda su vida: “Yo no juego con zambos”.

Desde aquel día, Roberto López, el moreno que pasó sus veranos de adolescencia en la Plaza Bolognesi buscando la atención de Queca, se obsesionó por ser blanco. No le gustaba su color, creía que las personas de piel pálida podían obtener todo lo que deseaban, por ejemplo, el amor de Queca.

Él no quería ser un blanquito más de Lima, él quería parecerse a un verdadero “gringo” de Filadelfia.

Y esta envidia lo llevó a hacer tantas locuras, como alisarse el cabello y utilizar todo tipo de maquillaje para aclararse la piel, hasta cambiar su nombre por “Bobby” e irse a los Estados Unidos a buscar una vida de gringos. Es también esta misma envidia que lo encaminó a la muerte por un “bombazo” en la guerra entre EE.UU y Corea, donde se presentó voluntariamente para conseguir la nacionalidad norteamericana.

Como lo dijo el filósofo Bertrand Russell: “La envidia es una de las pasiones humanas más universales y arraigadas”.

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