Texto: Ana Lucia Cachay

¿Cómo llamar pecado a la reacción que tuvo Jesús cuando botó a los mercaderes del templo de Dios? ¿No es una contradicción? La ira es una liberación, una catarsis que necesitamos de vez en cuando para despojar las tensiones y energías negativas de nuestro cuerpo. Es algo tan innato en los seres humanos como el instinto de supervivencia ya que data desde sus orígenes; aparece en la mitología griega y en la biblia.

Dibujo: Franco Goñi

Dibujo: Franco Goñi

El primer verso de “La Ilíada” hace referencia a la ira: “canta, oh diosa, la ira funesta del pélida Aquiles”, la cual aparece como una pasión negativa que deja muchos muertos y heridos, culpables e inocentes.

Desde tiempos remotos, la ira ha sido prueba de la humanidad de los hombres y del poder de los dioses, cuando estos se encolerizan y amenazan con destruir personas, pueblos, ciudades y hasta el mundo entero. La ira es entonces justa y usada como reacción a una ofensa profunda que daña nuestro honor, una respuesta psicológica, éticamente aceptada por todos. Sin embargo, descontrolada es causante de desgracias.

Agamenón, después de saquear Troya junto a Aquiles, quiso reafirmar su autoridad y le roba a Briseida, una joven esclava. Esto provocó que Aquiles se encolerice y decida no participar más en la lucha. Sin él, los griegos pierden fuerza y Patroclo, amigo de Aquiles, decide pelear por él, pero muere en manos de Héctor, quien poco después es asesinado por Aquiles como venganza.

 

Se deduce que la ira muchas veces nos enceguece y nos hace perder la razón. Tomás de Aquino en su análisis de la ira buena y la mala afirma que la primera nace de la indignación objetiva ante la injusticia, mientras que la otra se nutre de la sed de venganza.

Las contradicciones en el ámbito religioso son muchas, pero una de las más equivocadas es la de llamar pecado a una reacción natural. Pecado se puede considerar a una acción seguida por la ira como el asesinato; pero la ira no es más que la respuesta innata de una mente o corazón cargados o bombardeados de insultos o heridas que necesitan ser expulsados, de tal forma que el cuerpo se sienta liberado.

Hasta Dios siente ira, y en la Biblia lo mencionan en muchos versículos, pero según los religiosos, esta ira es justificada; ya que Dios tiene un plan santo y perfecto para la humanidad. Solo él puede vengarse, porque su venganza también es santa y perfecta, en cambio, la del hombre es pecaminosa. Pero aun así, la ira de Dios abarca los desastres y catástrofes que tendrán lugar en el supuesto fin del mundo y nos matará. ¿Es justificable? ¿Por qué creer a ciegas en documentos escritos por humanos? ¿Será acaso un invento para mantenernos dentro de lo que se considera una sociedad apaciguada que se limita a hacer muchas cosas por miedo a Dios?; como decía Marx: “la religión es el opio del pueblo”.

La ira, como todas las pasiones, es una gran excusa del arte. Está en la música, el teatro, la literatura y hasta en la pintura. En la primera podemos oírla en canciones, cuando se pone en manifiesto toda la rabia o frustración por algún suceso; en el segundo, es usada para retratar los actuares de la gente, sobre todo en las odas o representaciones medievales; en la literatura está mucho más amplia. No pocos autores han escrito sus libros, poemas o ensayos basados en la ira, un claro ejemplo de esto es Shakespeare con sus obras como Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo y Calibán.

El fallecido pintor Oswaldo Guayasamín retrata en su obra “La edad de la ira” las guerras y violencia que el hombre ejecuta contra otros a lo largo de la historia.

Muchas veces, la ira va acompañada de otras pasiones o estados de ánimo, como la tristeza, su fiel compañera, que hacen una combinación explosiva y muchas veces letal, ya que si al orgullo dañado le agregas un corazón roto, nuestra psiquis sale de control e intenta buscar respuestas que no logra encontrar y si las encuentra, generalmente no logra entender, lo que produce un shock emocional que nos hace actuar.

Sin la ira, algunas verdades de la vida y de la historia no se hubiesen descubierto, ya que sin su grandiosa deformación, no hubiéramos podido hallar tantos aspectos del hombre, la sociedad y las civilizaciones. Es aquí cuando nos damos cuenta de que la ira nos ayuda a resolver situaciones de ayer y hoy.

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