Empacar lo que se pueda, empeñar lo demás, tomar los ahorros y emprender un viaje de muchos días por tierra. Aunque parezca la sinopsis de una película, esto no es nada ficticio; sino que es la realidad que tienen que soportar cientos de venezolanos que llegan al Perú, el nuevo país de las oportunidades.

Redactora: Sthephany Gómez

 

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Fotografía: Eva Jabel

 

 

Después de un año, Daniel Fernández Villavicencio, volvió a saborear una hamburguesa. Acto insignificante para muchos, un lujo para él, que dejó Venezuela para migrar al Perú, en octubre del 2015.

Tiene la piel tostada, ojos caramelo y una sonrisa que no se la quita nadie. Con solo 22 años, Daniel, dejó a su familia junto con su sueño de ser futbolista, para trabajar como ‘jalador’ en un restaurante de Los Olivos.

Son las dos de la tarde y Daniel no deja de llamar personas. Después de ubicar a dos chicas en una mesa, y soltarles unos cuantos piropos, cuenta que la situación de su país es peor de lo que hablan los medios.

Cuenta que las colas se iniciaban en la madrugada y lo único que se podía adquirir eran productos básicos. “He visto mujeres embarazadas llorando, ancianos desmayándose, y hombres que creí civilizados, volverse animales. Y todo por una bolsa de pañales”.

Seca el sudor de su frente con un brazo y mientras habla no deja de ‘jalar’ gente al restaurante. Lo que más le causó alegría al llegar al Perú, no fue el ceviche ni la Inca Kola. Fue volver a tomar una taza de café.

En Venezuela hace mucho que no se toma café. El líquido negro ha desaparecido. La madre de Daniel quemaba frijoles para poder servirle a él y a su padre algo parecido. “Extraño mucho a mi mamá. Me preocupa. Desde mi casa siempre se escuchaban disparos”, dice con pena, pero sin perder la sonrisa.

 

Delantales: una armadura de guerra

Cinco años atrás, Telio Muceche podía afirmar que gozaba de una “buena vida”. Tenía una casa, un auto, una bella esposa y se dedicaba a lo que más le gustaba: ser maestro de inglés. Hoy con 33 años ha dejado las tizas y los libros, para ser  el mozo de un chifa en la avenida Brasil en Magdalena.

Con un delantal negro y unos ojos triste, dice que se encuentra solo desde hace siete meses. La fuerte crisis presiono tanto a Telio hasta que se vio obligado a salir de Trujillo, al oeste de Venezuela.

“Un sueldo mínimo no te sirve para nada. Los mercales (los mercado barriales) han cerrado, ya no hay postas, ni medicinas”, comenta.

Según Telio, salir de compras a un mercado equivale a cinco o seis sueldos mínimos. “Yo ganaba solo dos”, admite. Por eso decidió venir al Perú y dejar en su país a su esposa.

Al llegar a Lima las cosas tampoco fueron fáciles. Telio estuvo dos meses sin trabajo, meses que en los que logró subsistir gracias a unos amigos que ya habían migrado meses atrás.

Unas señoritas entran al chifa, y Telio se dispone a atenderlas. En cuestión de segundos, su acento tan poco común hace de las suyas y deja hipnotizadas a las damiselas. Claramente, uno podrá perderlo todo, pero jamás perderá el encanto.

 

Un juguito para el mal tiempo

Contra todo pronóstico, el 20 de diciembre del 2016, Juan José Moreyra y su esposa Delia llegaron al Perú, acompañados de su pequeño hijo, Darío. Pensando que estaban en Lima, anduvieron por varios días. Subsistieron con unos cuantos alimentos enlatados y durmieron en cuartos comunales, hasta que encontraron trabajo en una pequeña juguería local.

“No era la Lima que nos habían contado. Era más callada. No era nada caótica” cuenta entre risas la pareja. José y Delia no lo supieron hasta el cuarto día que no habían llegado a Lima, la gris. Estaban en tierra del vino, la sopa seca y el pisco: Ica.

“Lo primero que sentí fue pánico, pero se me pasó cuando vi a mi señora reír como hace tiempo no reía”, cuenta José mientras ve como su esposa prepara unas arepas. “Me asusté porque nos habíamos gastado casi todo el dinero. Pero esa misma tarde nos aceptaron en esta juguería”

La juguería está ubicada en una esquina cerca de la Plaza de Armas, al costado de un hotel para mochileros. El ambiente es pequeño, pero sus paredes color verde lo hacen muy acogedor. El menú es una mezcla de Ica, Lima y Venezuela. Se encuentran desde arepas hasta la emblemática sopa seca. El sitio siempre está lleno, a pesar de no estar en una avenida principal. Si el acento de José encanta, la sazón de Delia enamora.

Bajita y voluntariosa. Delia le da un aperitivo a su esposo y, acto seguido, sienta al pequeño Darío en una de las mesas. Da una arepa de perico con un jugo de naranja. José sonríe, parece tranquilo. Delia lo nota y observa a su hijo comer sin apuros. José pierde la mirada en el masticar de su hijo. Entonces lo dice : “Mi hijo se moría de hambre y ella lloraba en las noches. No puedo estar más feliz”.

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