La pereza no puede ser un pecado. La pereza es y será un delicioso placer culposo. Robar minutos al sueño enrollado en una sábana, evitar la luz del sol, apagarlo todo, desconectarse y hacer de la mente en blanco un dogma, no puede ser un tropiezo.

Texto: Raúl Castro

Dibujo: Franco Goñi

Dibujo: Franco Goñi

Quién no desea un día entero en la cama o en un cómodo sofá mirando al techo, pensando en nada, perdiendo el tiempo o dejando que este se agote, que el mundo marche, que nuestra alma se estanque.

El sabio Diógenes, que vivió en el 400 antes que Cristo, habitó en un sucio tonel y desde allí hizo de la pereza una forma de actuar. Era un transgresor que justificaba su marasmo bajo la excusa de oponerse a todo lo convencional.

Pero hoy la pereza es un bien escaso en un mundo que obliga a todos a empezar el día cuando ni el sol ha decidido a levantarse. Hace cinco años el diario La Tercera de Chile advertía que los ciudadanos de Santiago ya no despertaban en promedio a las siete, sino a las cinco de la mañana. El crecimiento de la ciudad, el tráfico asfixiante y frustrante, acabaron con las largas jornadas en la cama. Dormir ocho horas, al igual que la pereza parecen dos posibilidades distantes y caducas en el mundo de la tecnología y la competencia, de la innovación y la deshumanización.  Lima, el mundo, vive con cada vez menos horas de descanso.

La pereza se volverá o ya se volvió, entonces, un lujo. Estamos todos obligados a ir cada vez más temprano a estudiar o a trabajar. La pereza, incluso para los niños, es un deseo lejano. El colegio, el nido, todos empieza cada vez más temprano.

En un mundo numerado y tiránico, la pereza es un bien esquivo y hay quienes la condenan con desagrado.

En el cuento “La Molicie”, Julio Ramón Ribeyro (1929-1994), plantea la historia de dos jóvenes que luchan sin cesar contra la pereza. Pelean, desafían la posibilidad de no tener algo que hacer en el día. Su arma es la lectura, las largas charlas y las caminatas. Incluso, en un absurdo absoluto, luchan contra el propio sueño.

“A la hora del almuerzo nuestros compañeros, sucumbían, dormían en los sillones, nosotros íbamos a la sala, jugábamos ajedrez, leíamos el periódico; y nos tomábamos un café una y otra vez. Y en la tarde la molicie llegaba, corríamos a nuestro cuarto y ahí nuestra cama nos esperaba. Un día fui presa de la molicie, me quedé dormido hasta la cena y arrastrándome bajé a comer. Pero esto no se volvió a repetir”, reza el breve cuento consignado en “La Palabra del Mudo”.

Sin embargo, en mi caso, no tengo ganas de pelear contra la pereza, prefiero ser su socio. Aprovechar cada segundo en la cama, marmotear sin culpa, abrazarme al sueño, rascar segundos al ocio. Prefiero el silencio, la media luz para pensar en nada. Soy un convencido de que la productividad no es sinónimo de agotamiento. Quiero ganar siempre minutos a la velocidad de los días, aprovechar los taxis, el silencio que trae una ventana cerrada, así como las largas reuniones. Y es que también se puede descansar aún sin dormir.

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