El máximo representante de la música chicha ya no está sobre los escenarios. Está descansando en una necrópolis. Se dice que alguien muere cuando ya no se le recuerda. ¿Qué hace un niño, una señora y un joven frente a la tumba de Chacalón?

 Texto: Carlos Sarmiento

Fotografía: Luz Domínguez

Fotografía: Luz Domínguez

 Son 1:46 de la tarde. El cementerio El Ángel con sus 290,000 metros cuadrados recibe a los visitantes entre sus callejones, con paredes salpicadas de lápidas cochambrosas, entre nombres de santos y letras se aíslan los difuntos.

En medio de los pabellones San Leonardo, San Lusgardo y San Luis I, si se avanza un par de metros, se encuentra con la tumba de Lorenzo Palacios Quispe. El hombre que reunió a más de 60,000 personas hace 21 años cuando murió.

 “El día en que yo me muera, del cielo bajarán nuevos cantantes, y así Chacalón y La Nueva Crema nunca morirán”, fueron palabras de ‘Papá’ Chacalón, quien hoy descansa, pero que despierta en cada alma de cada oyente de diferentes edades.

 Dos jóvenes de unos 20 años miran la tumba del cantante que revolucionó la música tropical andina. El muchacho, delgado, con una casaca roja Adidas, un pantalón jean y zapatillas de deporte mira la tumba del que tal vez es admirador.

Sus ojos no paran de mirar el sepulcro, mientras una joven que lo acompaña le habla al oído, y entrelaza sus brazos en el cuello del muchacho. Sus pupilas se quedan inmóviles mientras sus manos agarran las verjas negras, acompañadas de círculos y un par de rejas curvas que tienen por encima una cruz.

 Observa la lápida oscura, donde resalta con blanco el nombre y apellido de Chacalón. Dentro de las verjas hay pasto vivo, color verde claro. Detrás de la lápida hay una pequeña casa, de techo pálido, con pilares blanquecinos. Dentro hay un par de fotografías con dos textos y final de uno de ellos dice: “…Soy Feliz… y descansaré en paz”.

 Una señora de cabello pintado con tinte rubio viene apresurada, en su mano lleva una flor, un crisantemo amarillo. Mientras corre, menciona: “Papá Chaca”. Deja la planta viva, deja un símbolo vistoso entre tanto tono opaco. La tumba dejó de ser lúgubre, ya hay una pisca de color, existe una incipiente coloración, ya hay cultura chicha.

 Sus zapatos pisan algunas chapas de botellas de Pilsen y Cristal, están regadas alrededor de la tumba. En las pequeñas repisas de las lápidas hay un par de latas de las cervezas compinches. Hay pedazos de plástico con imágenes de cumpleaños. Al parecer hay indicios de una celebración con cajas, cigarros y música del “Ángel del Pueblo”, como lo llama, entre melodías, el bolerista ‘Guiller’.

 Leopoldo, su hijo, de unos 12 años. Tiene la mirada perdida, no sabe por qué su madre corrió hasta esa tumba, no sabe quién es el que se encuentra bajo tierra. Solo sabe que vino al cementerio para visitar a su bisabuelo.  Para la madre de Leopoldo, Lorenzo Palacios fue, es y será el máximo representante de los pueblos, de los cerros, de los provincianos. Representa a la parte que era marginada por los capitalinos.

Adentro está retratado el rostro de Lorenzo Palacios  y un par de ramas marchitas a cada extremo. Delante de la cara descolorida de ‘Papá’ Chaca hay un corazón de cartulina roja que expresa: “Con cariño. Feliz día del padre”.

 El muchacho por fin parpadea. La muchacha deja de abrazarlo. Dan media vuelta. Se alejan entre lápidas. Leopoldo es cogido de la mano por su madre. La señora y su hijo avanzan rápido. El infante gira la cabeza para ver por última vez la tumba de Chacalón. Ve que ya no hay nadie alrededor. Ya son las 3:00 p. m. y el camposanto ya está casi vacío.

Abrir la barra de herramientas