La soberbia se ha apoderado del banquillo de la razón. Se dice dueña absoluta de la verdad. Rechaza cualquier no por respuesta, atropellando el sentido común. Espera sentada plácidamente que la reconozcan como deidad, y ojo que no tiene ningún apuro, ella sabe que ganará. Pedir disculpa nunca fue una opción, aceptar el error menos. Esto le duele más que la equivocación en sí,  y de esto entiende el soberbio Claudio Echecopar.

Texto: Gianmarco Failoc

Dibujo: Franco Goñi

Dibujo: Franco Goñi

Era hora de grandes proyectos de construcción. Tiempo de grandes excavaciones a túneles y puentes. Y hacer volar cualquier obstáculo que obstruía extender la carretera de la selva a la costa peruana no era un impedimento cuando la necedad estaba de por medio.

La tragedia de aquel proyecto minero comienza en la arrogancia del ingeniero Echecopar. Al ser advertido por uno de sus obreros que el nivel del agua de la laguna había descendido 60 centímetros  y que esto podría ocasionar un derrumbe, ya que esta estaba cerca de la obra.  Echecopar, dominado por su altivez, hace caso omiso a la advertencia, pues que le podía enseñar un simple y sucio jornalero -creía él-, sin embargo, aquel túnel acabó más rápido de lo que esperaba. Terminó destruido así como su orgullo que tanto sostuvo.

Es así, la soberbia es el carácter de aquel que, con una estimación hinchada de sus propias fuerzas o méritos, desprecia a los demás e incluso los trata con insolencia y desprecio. La soberbia incita a la persona a valorarse demasiado, enorgulleciéndose y creyéndose capaz de hacer cualquier cosa por encima de los demás e incluso de sus propias capacidades, de las circunstancias o mejor dicho los contratiempos que se presenten. Esta idea deriva directamente en que el soberbio ponga en detrimento a las demás personas, debido a que piensa que sus capacidades o que su valor no se equiparan al suyo.  Y para evitar este tipo de comportamiento es necesario reconocer -acto doloroso para cualquier altivo-: “La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia”, lo dijo claramente Sócrates.

Asimismo conviene no olvidar la connotación positiva que, ya en su origen latino, posee la palabra, puesto que la calificación de un acto como soberbio u orgulloso también puede ser sinónimo de óptimo o de bella factura.

El principal matiz que las distingue del orgullo es que este es disimulable, e incluso apreciado, cuando surge de causas nobles o virtudes, mientras que la soberbia entiende de ego más que Narciso, pues se la concreta con el deseo de ser preferido por otros, basándose en la satisfacción de la propia vanidad, del yo.

No tiene nada de malo mirar hacia abajo, eso nos hace más humanos. Es necesario dejar de lado el espejo para que podamos ver con claridad lo que este mundo nos puede y quiere mostrar. Reconocer el mérito de lo que sucede a nuestro alrededor es un buen inicio y excelente remedio para la humildad, porque la soberbia, no…no es buena compañía.

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