No cualquiera puede hacer de la inmovilidad, un talento.

Texto: Pamela Gómez

Fotografía: Cesar Saravia Cairo

Fotografía: Cesar Saravia Cairo

Ángel ya está vestido y pintado en Jirón de la Unión. Es un soldado. En ese momento, el sol se encuentra haciendo de las suyas. Son 29 o 30 grados los que este hombre, de aproximadamente 30 años, tiene que resistir inmóvil. Solo de vez en cuando, en las casi diez horas en que finge ser una escultura, se da la licencia de apuntar con su pistola de juguete, pintada también de dorado.

Un grupo de amigas lo observa por unos segundos y deciden tomarse una foto con él, mientras saborean un helado. Después de la toma, se acercan al baldecito dorado que está al pie de Ángel. Dejan una moneda, y con esta, ya son 30 en los últimos cinco minutos.

“Me gusta Jirón, porque hay muchos turistas y ellos dan buenas propinas”, cuenta el soldado embadurnado de una suerte de esmalte opaco, mientras recuerda cuando una turista brasilera le dejó US$ 10 después de haberse tomado una foto con él.

A pocos metros, está Lenyn Pérez. A diferencia de Ángel, tiene movimientos más activos. Claro, él es Bruce Lee. “Para mí, Bruce Lee lo significa todo: la perseverancia, la lucha y el valor”, confiesa mientras golpea y patea a un enemigo ficticio.

“El arte siempre hay que admirarlo, pero sobre todo lo que yo resalto es la fuerza de voluntad que tienen estas personas para pararse bajo el sol con semejante calor”, admite Jorge Porras, un hombre de piel tostada y cabello canoso, que trabaja muy cerca de este lugar.

Atractivos de carne y hueso

Son casi las cuatro y media de la tarde. Es un domingo apacible y fresco, a comparación de las altas temperaturas que azotan Lima este verano. Una ola de gente aprovecha el buen ambiente, y ha salido de casa para invadir cada rincón y cada tienda de Jirón de la Unión.

Pese al trajín, el alboroto y la rapidez propia del centro de Lima, aproximadamente por la cuadra 6 hay algunos personajes, bastante peculiares, que llaman la atención de los transeúntes, robándoles así algunos minutos de su tiempo.

Quién los viera sin prestarles mucha atención, podría incluso pensar de que se tratan de esculturas; sin embargo, quien tiene paciencia no tardaría en notar que esas estatuas respiran y se mueven.

Estos hombres; algunas veces tres, otras cuatro;  pintados generalmente de plateado o dorado, son el claro ejemplo del creativo ‘recurseo’ nacional.

En la plazuela de la Merced, frente a Oschele, parados en cajas y con cadenas encima, una especie de ángel guerrero y un soldado hacen un espectáculo que consiste en quedarse inmóviles y de cuando en cuando cambiar de posición. Los peatones, más que encantados, se acercan a tomarse fotografías y a dejar unas cuantas monedas. Para algunos es arte y para otros es un negocio.

Fotografía: Cesar Saravia Cairo

Fotografía: Cesar Saravia Cairo

El arte corre peligro

Sin embargo, las cosas se han vuelto muy duras para todas las estatuas humanas de Jirón de la Unión. Existe un enemigo que no los deja laburar con normalidad. No es el sol, sino los serenos municipales.

“Ellos están acá en el calor, en la lluvia, aguantan todo. Es una pena que el Serenazgo venga a fastidiarlos cuando se ganan la vida honradamente”, lamenta Tatiana, una mujer que se dedica a vender golosinas por más de 10 años. “Uno trabaja duro para su familia, pero no te dejan”.

Ante esta problemática, los artistas han creado “La Asociación de Estatuas Humanas”, que les sirve como una defensa cuando los serenos intentan desalojarlos. No obstante, esto no ha evitado los enfrentamientos. La lucha entre las estatuas y los serenos se agudizó en agosto del 2016, cuando la comuna metropolitana amenazó con retirarlos si no contaban con un permiso.

Aunque, no han ocurrido fuertes enfrentamientos últimamente, las estatuas humanas no bajan la guardia y solo piden una cosa: que se les deje trabajar.

“Solo quiero trabajar tranquilo”, dice Manuel, que aún vestido de ranger, termina de guardar el dinero ganado.  Después de ocho horas sin moverse, ahora se dirige a su hogar en Ventanilla. Allí es un hombre y no una escultura.

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