Texto: Sthefany Alonzo

Dibujo: Franco Goñi

Dibujo: Franco Goñi

Es el deleite sexual y el deseo excesivo en algunas cosas. Es donde se aloja la pasión y el erotismo. Es condenada por estar empapada de hedonismo hasta en los poros, especialmente en la intersección de las formas. Es la culpable de llevar a Dante y a Virgilio a conocer el segundo círculo del infierno en “La Divina Comedia”. Solo se conforma con el primer puesto, coronando así la lista de los siete pecados capitales. Es sin más, la gula de la piel: la lujuria.

Atracción, deseo, pasión, piel…y  finalmente libido, son algunas palabras que engloban a la injuriada e insaciable lujuria, que ha llevado a más de uno a cometer el único pecado compartido. Pero quién no ha deseado algo con ferviente ganas, quién. ¿Acaso no es el cuerpo modelo de grandes artistas? “Aquel que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, dijo Jesús de Nazaret y en ese momento nadie lo hizo ni nadie lo hará, porque somos humanos, seres imperfectos y sensibles al tacto.

Sin embargo, también son esos deseos carnales los culpables de convertir el número tres en par; es decir los causantes de la infidelidad.  Tal es el caso de Afrodita, la diosa de la belleza en la mitología griega, que engañó a Hefestos con Ares, el dios de la guerra, y que fruto de ese idílico amor nació Eros, paradójicamente el dios del amor. O del desafortunado y enamorado Paris, quien conoció a Helena después de que ella estuviera comprometida con Menelao, hecho que lo condujo a raptarla sin imaginar que esto propiciaría la destrucción de la ciudad que lo vio nacer: Troya, y que años más tarde Dante Alighieri lo llevaría al círculo de los lujuriosos en el infierno, en el cual será arrastrado por un viento oscuro infernal que lo asfixiará y castigará desde la punta de los dedos de sus pies hasta su nuca, donde sostuvo una corona antes de su muerte.

La lujuria además de ser pecado es revolución. Hubo un tiempo en donde las grandes pinturas y escrituras que enarbolaban el acto sexual no eran arte, sino un signo de deshonra moral y contaminación espiritual. Hasta que poetas, pintores, escultores y demás genios hicieron elipsis de ello y, cogieron sus pinceles y plumas como armas para desplegar sus ideas como símbolo de libertad ante tanta opresión.

La naturaleza nos recuerda, una vez más, que estamos hechos de furia, que nos regocijamos en placer y que son esos momentos efímeros donde tocamos el cielo estando en el infierno. Por ello, los jueces de la ética seguirán declamando un rotundo: “¡culpables!”, y a lo que nosotros responderemos: “…de todos los cargos”,  pues como menciona Charles Bukowski en su libro “La máquina de follar”: “El hombre es la víctima de un medio que se niega a comprender su alma”.

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