Son la una de la madrugada y el grito desesperado de una madre irrumpe con fuerza en el triaje de emergencias. Acaba de perder a su hijo.  Hoy en día, el Hospital María Auxiliadora ha visto más muertes que milagros.

Texto: Sthephany Gómez

Fuente: portal.andina.com.pe

El grito que nadie escucha

El sonido chirriante de un patrullero entrando a emergencias fue el primer anuncio de desgracias. Los dos efectivos policiales que bajaron rápidamente, acompañados de una madre desesperada gritando ayuda, lo confirmaron.

Cuando la puerta trasera se abrió, el escenario era de lo más perturbador. Un joven de aproximadamente 17 años, yacía inconsciente en el asiento del vehículo. Sus ojos blancos no llamaron tanto la atención, como la espuma que salía de su boca en cantidades desesperantes.

“¡Ayuden a mi hijo, ayuden a mi hijo, por favor!” eran los desgarradores llamados de auxilio de una madre, que se perdieron rápidamente entre los gritos de indignación de la gente, al ver que ni siquiera una enfermera se disponía a salir.

Indignación que se volvió rabia cuando un vigilante de turno se tomó la libertad de intentar hacerle una reanimación cardiopulmonar con sus manos, al joven que aparentemente estaba sufriendo un paro cardiaco.

Al cabo de unos cinco segundos, el hombre de seguridad lo cargó con brutalidad y torpeza. “Ya está muerto, no hagan escándalo” dijo al seco, al frío, como un vidrio que estalla contra el suelo. El guardia se abrió paso entre los insultos y la gente, y entró al triaje, dejando a una madre desbaratada, tirada en el suelo junto a la espuma blanca y pastosa que era lo único que le quedaba de su hijo ahora.  

Más balas que doctores

No son ni las tres y en lo que va de la madrugada ya han entrado a emergencias ocho baleados. Conscientes, inconscientes, gritando o desangrándose, tienen todos ellos algo en común: se aferran a la vida.

Los índices de violencia tanto de San Juan de Miraflores como de Villa María del Triunfo, hacen que los heridos de bala no sean el centro de este drama. Son los médicos disponibles los que se llevan el rol protagónico.

“Solo hay un doctor atendiendo, todos los demás son practicantes” confiesa el señor que trabaja en la zona de atención y caja. Palabras que se ven opacadas por las quejas de aquellos que hacen cola en la farmacia, al anunciarles que se acabó cierto medicamento. “¡Llevo casi una hora haciendo cola!”, “¡la atención es una porquería!” son algunas cosas que se escuchan en el bullicio.

Historias de espera

El reloj de la modesta cafetería del hospital marca las 4 y 40 de la madrugada. En la vereda de afuera, hay diez individuos durmiendo en el suelo. Sin ninguna manta y nada más que su mochila como almohada, agradecen que el frío no sea tan crudo esta temporada del año.

Algunos están ahí para sacar cita a primera hora y evitar así las interminables colas; otros, sin embargo, cuentan una historia más trágica. Son personas que están esperando a sus familiares que han sufrido accidentes y llevan horas sin saber de ellos. Son adultos y ancianos que, mientras pelean con Morfeo, esperan noticias.

No obstante, aunque la sangre en el piso, el llanto en las esquinas y la gente en el suelo demuestran el verdadero infierno que se vive afuera, las cosas adentro del hospital no son muy diferentes.

Lidia es una anciana de unos 60 años que está sentada junto a su nieto de apenas tres. Tiene muchas arrugas y los dedos doblados, producto de la artrosis. Sus lentes son tan gruesos como una lupa y sus manos llaman la atención por sus venas santonas.

“Mi hija está dando a luz. Hemos venido dos días seguidos, pero nos regresaron porque no había camas y decían que ella aún no estaba lista. Casi se le viene el bebé”, comenta con una mezcla de indignación y lamento mientras vigila a su nieto. “Este hospital es muy malo, pero no tenemos plata. No hay camillas, ni sillas de ruedas. Hemos tenido que cargarla hasta la sala”

Triste pero cierto. El Hospital María Auxiliadora solo tiene 400 camas, pese a que atiende a los residentes del lado sur de la capital, población que podría llenar ocho veces un Estadio Nacional.

En la zona de radiografía, esperan 15 personas. Entre ellos cinco son heridos de bala, pero todos están gravemente heridos. Un hombre de unos 25 años se hace los rayos X mientras sus dos amigos lo cargan. Los demás miran asustados e impacientes, mientras la sangre se seca en su ropa.

El dolor los adormece, mientras aguardan ayuda. Afuera, en las calles y el área de espera, los familiares miran a la nada. Con la preocupación en sus ojos, tal vez emiten una súplica silenciosa. Se han cansado de pedir un milagro, ahora solo quieren justicia.

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