Las altas temperaturas son enemigos inevitables en su día a día. Para estos trabajadores no hay sombra que dé alivio.

Texto: Alisson Romero

Fotografía: Aldair Morales

Fotografía: Aldair Morales

 Este verano, Lima se volvió un infierno. Picos de 33°C en el mes y temperaturas de 24 grados, o un poco más, por la madrugada, casi han convertido a la ciudad en un lugar tropical. Y ni hablar de la implacable radiación.

Pero Isabel, Carlos y Diana no tienen más opción que enfrentarse al sol. Son peruanos que cambiaron los días de playa y descanso por jornadas de trabajo al aire libre. Para ellos no hay aire acondicionado que haga más tolerable el ardiente clima limeño.

Presa de su propio atuendo

Isabel Poma tiene 58 años y desde hace casi 20 limpia las calles de la ‘Ciudad de los Reyes’. Trabaja desde el mediodía hasta las ocho de la noche, y sufre durante toda la tarde el acoso del sol detrás de su nuca, sobre su frente, envolviéndola por completo.

Ella vive en San Juan de Miraflores y cada mañana al bajar en Alfonso Ugarte camina hasta Jirón de la Unión, en la cuadra 4, cerca del Starbucks, sintiendo el bochorno que la acompañará el resto del día. “Siento que me ahogo desde que bajo en Chota (Alfonso Ugarte)”, cuenta mientras baja su mascarilla e intenta limpiar el sudor que gotea de su frente, protegida por un gorro naranja.

“En febrero y enero estuvo terrible. Desde que me levanto a las ocho tengo que estar tomando mi ‘captropil’ porque trabajar aquí me da vértigo, mareos. Apenas llego aquí, a las 12, vuelvo a tomarlo. Paro tomando mi agüita, pero a veces es insoportable. Mis supervisores me ven y dejan que esté un rato en la sombra”, dice Isabel, quien utiliza prendas excesivamente sofocantes para esta época. Su traje la cubre de los pies a la cabeza como una burbuja naranja que acumula el calor. No se trata solo de soportar las sofocantes temperaturas, sino también el uniforme.

A lo largo del día, Poma tiene que moverse. Carga su tacho de basura a lo largo del jirón y debe ir a botar la bolsa, cuando ya está llena, cinco veces al día al contenedor principal que queda cerca del Teatro Municipal. “Me dicen que solo haga tres vueltas, sino la empresa se acostumbra y piensa que así es como debe ser. No se puede con este calor”, afirma Isabel con el ceño fruncido.

Pero la mujer de limpieza no planea seguir en este trabajo. Tres de sus cuatro hijos ya están realizados. En diciembre, cuando cumple sus veinte años en la ONP, Isabel se retirará con “todas las de la ley” como ella misma dice.

Calor que persigue

Carlos Huiman trabaja vendiendo golosinas por todo el Cercado de Lima desde hace cinco años y esta vez eligió Jirón de la Unión para poder ejercer su oficio. Carlos cuenta que este año es el peor de todos ya que vaya donde vaya, así se esconda, el calor lo persigue como si fuera su propia sombra.

Él deambula y vende sus productos solo. No quiere exponer a su pequeño de tres años a que se desmaye o tenga insolación; así que, hasta que comience el colegio, se lo encarga a su hermana.

Cada paso que da, cada caramelo que ofrece es un victoria. Para salir al campo de batalla, Carlos se recubre con mangas largas para intentar proteger su piel, aunque siente que es en vano. “Cada vez el sol está más fuerte, ni tomando líquido me siento mejor”, manifiesta Carlos que abre su botella y se apresura a tomar un sorbo.

Primera vez

Al aire libre, todos odian el sol del mediodía. Su presencia enerva el carácter de peatones y choferes que también están aburridos de tanto calor. Diana Mallqui, tampoco disfrutó su primer turno en ese horario.

Ella es fiscalizadora de la municipalidad desde hace seis años. Normalmente trabaja en el horario que va de tres a once de la noche, salvo la primera semana de marzo. Esos siete días le tocó cubrir, por primera vez, turnos de mañana bajo este cruel sol. “Tenía que mojarme y estar tomando agua a cada momento. En las tardes, siquiera tenemos sombra a partir de una hora, pero al mediodía no tienes donde ponerte. El sol está por todas partes”, dice la joven de 27 años rememorando aquella semana infernal, mientras observa a la gente pasar frente a Oeschle, por la Plazuela de la Merced.

El calor resulta ser un calvario desde hace tres años, afirma la jadeante autoridad. Cada verano se pone peor que el anterior, y si antes se pensaba que trabajar en la tarde era mejor, ahora eso es un mito.

El suelo hace que los pies empiecen a quemar y la incomodidad y el sudor son inevitables. La ropa es un estorbo. El horno que es Lima no puede ser calmado ni con agua o un baño. Pero es lo mínimo que exige el cuerpo. Una ducha no apagará el calor por completo, pero luego de ocho horas diarias trabajando bajo 30°C, es lo que más anhela cada uno de estos guerreros al llegar a casa.

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