Servir a la Policía Nacional del Perú es motivo de orgullo. No es un juego. Para quien se toma este trabajo en serio, significa proteger el patrimonio del país que lo vio nacer. 

Texto: Juan Mandamiento

Fotografía: Juan Mandamiento

Fotografía: Juan Mandamiento

“Veía a un policía en la calle e iba y le daba la mano ¡amigo, amigo!”, dice Fermín Carreño Media, mientras mira hacia el techo como quien busca en su memoria sus recuerdos de niñez. Él tiene una entrega de servicio muy marcada hacia el Perú. Se enrolo a la Marina de Guerra en la Infantería de Marina apenas acabo su último año como escolar. Combatió en el conflicto del Falso Paquisha en Ecuador en 1981. Treinta y un años y 8 meses al servicio policial culminando con el grado de Suboficial Brigadier. Cincuenta y seis años.

***

“La vida policial es bien sacrificada, llegar y encontrar a tus hijos durmiendo, al día siguiente salir temprano”, dice Carreño, mientras su voz se quiebra al recordar esos pasajes de su vida rutinaria: estar fuera en Navidad, Año Nuevo, la fiesta de sus hijos, aniversarios con su esposa, etcétera.

Reflexiona también y cuenta que los problemas siempre los deja fuera de casa, las redadas con delincuentes, enfrentamiento con armas punzo cortantes y de fuego, capturar drogadictos que asesinan coroneles, todo eso guardado en su mente, para luego tomar un respiro profundo, exhalar, abrir la puerta, y hacer como que no pasó nada sin preocupar a los suyos.

“Antes la gente era más unida ponían sus cadenetas, sus banderas”, compara que hoy se ha perdido el patriotismo, la identidad, “la escarapela”, que ahora pocos llevan. Hace un llamado a que fechas como esta nos lleven a meditar, plantear nuevamente nuestras ideas, reconsiderar nuestra cultura, nuestra política.

“Es un mes en donde debemos celebrar nuestra independencia, este orgullo que cala dentro, eso que sentimos como una sensación que desborda por nuestros poros”, explica. Sí, eso que se siente al estar contento de ser peruano.

Abrir la barra de herramientas