Este año se cumple un cuarto de siglo desde la explosión que cambió la vida de más de 360 familias. Vecinos, transeúntes y vendedores sin culpa alguna para quienes el recuerdo más fuerte que tienen de 1992 es un sonido seco, un fuerte empujón y un dolor punzante en los oídos.

Texto: Ester Palomino

CVR- Fuente: micromuseo.org.pe/

CVR- Fuente: micromuseo.org.pe/

Fue un jueves, un 16 de julio. Esa noche, Mario García se había quedado a reemplazar a su esposa en el kiosco de ropa que tenían al costado del Banco de Crédito. “Dios es tan grande”, reflexiona ahora, sentado en una de las bancas de cemento y adoquines de la calle Tarata.

En 1992, él tenía 38 años y planeaba irse poco antes de las 10 p.m. como era costumbre entre los ambulantes de los alrededores. Pero un amigo le cambió el destino. “Viene él y me dice, ‘oye invítame algo que es mi cumpleaños’. No le creí, incluso le pedí su libreta militar para comprobar”, comenta como si todo este tiempo no creyera su suerte.

García recordó que ya le habían pagado, alistó el módulo con ruedas para guardarlo y, con su amigo, atravesaron la calle Tarata alejándose de la avenida Larco. Pasaron junto a un auto color guinda, al que no dieron importancia mientras decidían a qué cantina de barrio irían a celebrar.

“Estábamos en Surquillo cuando de repente escuchamos la explosión”. Mario imita el sonido con la voz y las manos. Eran los 90. Solo significaba una cosa: Sendero.

La señora de la tienda tenía una radio. Él le preguntó asustado dónde había sido el atentado. “La doña me dice que en Miraflores. ¿Pero dónde?, le insisto y allí escuchamos que fue en Tarata”.

Tan pronto como pudo, regresaron al lugar sólo para encontrar una zona de guerra. No más edificios lujosos, adiós joyerías. Todo era oscuridad. Caos.

A sus 63 abriles, el relato de Mario pinta fotografías precisas. Recuerda la renovadora de zapatillas de la esquina hecha trizas, el vigilante del banco que falleció, el corralón del fondo que era cochera.

Mientras él termina de contar, de sacar todo lo que sabe sobre Tarata, un par de palomas blancas aterrizan frente suyo. “Siempre vienen a visitarme”, dice con misticismo mientras saca de su bolsillo un puñado de migajas de pan.

Fuente: elcomercio.pe

Fuente: elcomercio.pe

Las imágenes del terror

El retrato que todos recuerdan de esa penumbra espeluznante es el que grabó Gilberto Hume. El periodista vivía a seis cuadras, trabajaba para Univisión. Presuroso, con la cámara en mano, llegó en un aproximado de cinco minutos después de que el coche bomba estallara llevándose 25 vidas.

La calle estaba a oscuras, la gente caminaba alejándose de los edificios humeantes. El periodista, en sentido contrario.

Llanto, gritos. Fuego en algunas esquinas, polvo, madera, vigas de metal. Ancianos daban pasos temblorosos sobre los escombros, cogiéndose del brazo de sus familiares, buscando alejarse de la calle irreconocible.

Un hombre grita “¡Carlos, Carlos!”, y lanza un improperio de indignación y rabia. Es la frase que abrirá los noticieros de la mañana.

El periodista se acerca a uno de los edificios y entra. La luz de la cámara ahora es un faro que guía. “Alumbre aquí por favor”, pide en voz alta un hombre. El blanco resplandor aumenta la visibilidad en las escaleras sin barandas que ahora solo están cubiertas de polvo.

Pero ha pasado el tiempo. La mayor parte de quienes sintieron el suelo de sus casas vibrar y sus vidrios estallar como globos, ya no viven aquí. Más del 50% de las propiedades están alquiladas. Los trajinados corazones no han sanado del todo.

Los adultos de entonces ahora son ancianos. Algunos no quieren hablar del tema. Otros están cansados de las entrevistas. Es normal que luego de un hecho traumático lo más saludable sea intentar olvidarlo “Allí tiene su respuesta”, puntualiza un caballero de melena alba y gafas que ocultan la crispación en sus ojos claros.

Años de inseguridad y temor

Tarata han sido peatonalizada. Pocos automóviles ingresan con la venia de un guardia en un extremo de la calle. En medio de ambas cuadras, una pileta marca el lugar donde explotó el Datsun guinda, sin placa, cargado con 400 kilogramos de dinamita y ANFO. Una fuente de agua donde cada 16 de julio se reza un rosario por la paz.

“Los terroristas habían ensañado con Miraflores”, señala Rubén Medina, quien trabajaba en el serenazgo durante aquella década de atentados, coches bomba y toques de queda. A sus 25 años, salvó de morir en al menos tres explosiones. En el atentado al María Angola, en 1995, solo por cuadras de distancia, el patrullero en el que iba no fue alcanzado por el estallido.

A las 9:20, cuando el miedo quiso reinar en Tarata, no estaba de servicio. Ya se había cambiado el uniforme azul miraflorino y se enrumbaba a uno de los paraderos de la avenida Larco.

“A mí, la explosión me agarra en Shell; a la altura del Parque Kennedy. Por allí había un restaurante y las mesitas se zamaquearon”. Rubén describe la energía liberada como un fuerte viento, como una corriente de aire que no le teme a las paredes, que destruye vidrios y empuja violentamente a las personas más cercanas.

La onda de choque es el resultado físico de la explosión. En el caso de Tarata, esta se sintió a 300 metros a la redonda según informes de la CVR.

Medina vio a la gente agacharse, gritar de miedo, porque también se fue la luz; y en la avenida principal se encontró con los heridos. Los cortes en el rostro, en los brazos que fueron producidos por los cristales que explotaron.

También vio los oídos sangrantes. “Esa onda expansiva ingresa por allí, genera un cambio de presión y te destruye los tímpanos si estás cerca del punto de origen; por eso hay que tirarse al piso, abriendo la boca y con los brazos extendidos”, narra el ex agente de serenazgo recordando los cursos sobre explosivos que recibió en su entrenamiento.

Fuente: Alonso Chero- elcomercio.pe

Fuente: Alonso Chero – elcomercio.pe

Una meta: la paz

 En la primera mitad de 1992, Lima fue víctima de al menos 37 coches bomba, incluyendo el atentado contra la comisaría de Villa María del Triunfo y un banco en La Victoria ese mismo 16 de julio. Tarata no es la única huella de la violencia terrorista en Lima.

Ya son 25 años y, en cuanto a infraestructura y comercio, Tarata está más activa que antes. Los edificios El Condado, San Pedro, Tarata, Residencial Central y San Carlos fueron refaccionados. Se repusieron las ventanas y se arreglaron las paredes que se cayeron. El local del Banco de Crédito es el mismo de aquella época.

Quienes sí cambiaron fueron las personas, para las que ahora la palabra “sendero”, tiene un significado amargo, con sabor a pólvora y fuego.

En la placa conmemorativa, en la fuente de Tarata, se leen las palabras “Aquí nació un Perú unido y solidario por la paz”.

Paz. Eso que todo peruano quiere y debe proteger.

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